Hegemonía al revés-Un análisis de los gobiernos progresistas

Es un artículo escrito por uno de los fundadores del Partido dos Trabalhadores [PT], Francisco de Oliveira, después que Lula ganó las elecciones para su segunda presidencia


De un artículo de Francisco de Oliveira

“Uno de los resultados formidables de la elección, incluyendo los pleitos para los estados y la renovación del Congreso, fue la ensalada de las alianzas y coaliciones. Siglas de supuesta orientación ideológica opuesta se unieron, indiscriminadamente, con toda especie de agrupamientos, incluyendo a los de los salteadores. Traiciones abiertas a las propias huestes fueron la regla. El gobernador de Mato Grosso, Blairo Maggi, por ejemplo, además de ser el mayor sojero del mundo, es miembro del PPS, Partido Popular Socialista, sigla heredera del antiguo Partido Comunista Brasileño. Él apoyó a Lula abiertamente – aunque su partido hacía campaña por Geraldo Alckmin [el candidato del PSDB, el partido de Fernando Henrique Cardoso]. Etsa falta de consistencia confirma la irrelevancia de la política partidaria en el capitalismo contemporáneo. Irrelevancia que es más grave en la periferia que en el centro. Los partidos representan poco, y la política está centrada sobretodo en las personalidades. Siempre fue así en la tradición brasileña, pero, después de la creación de los partidos de masas – vale decir, después de la creación del PT -, hubo un período de fuerte valorización de los partidos.”

“Lula se distanció ostensivamente del PT. Solamente recurrió al partido, y a sectores de izquierda fuera del PT, en la segunda vuelta, cuando vió su reelección amenazada. Proclamados los resultados, enseguida cerró un acuerdo con el PMDB para, juntos, dominar a la Cámara de los Diputados y el Senado.

El escepticismo es general en cuanto a este segundo mandato. Nadie , a la derecha y a la izquierda, espera grandes alteraciones en las políticas gobernamentales. Lula parece una cucharacha mareada, clamando por soluciones para, conforme dice, “destrabar” el desarrollo. Afuera la continuidad del Bolsa-Família [planes sociales] , y el mantenimiento del conservadurismo en la política económica, el presidente parece haber perdido enteramente el rumbo. Esta desorientación muestra una de las consecüencias de su victoria, en las proporciones en que ocurrió: Lula no tiene objetivos porque no tiene enemigos de clase. Algunos, pocos, que vocalizaron en la esperanza de cambios en la política económica, fueron inmediatamente repreendidos por el propio presidente reelecto”

El gobierno tendrá mayoria en el Congreso, pero es casi cierto que el mostrador de las negociaciones entre las varias siglas y el Ejecutivo será más amplio que en el primer mandato. Dicho de forma más directa: el gobierno será más débil que en el primer mandato, y el reclamo por apoyos será más fuerte, en la forma de nombramientos para los cargos de primer escalón y para las grandes entidades federales. La agenda de las denuncias de corrupción no está cerrada, aunque se espere que el gobierno sea más cuidadoso y las oposiciones, menos calladas.

Aparentemente, el espacio de la izquierda se amplió. Incluso este escriba votó a Lula, en la segunda vuelta, con esta perspectiva. La oposición por izquierda a Lula, y al tucanato [al PSDB, el partido de Cardoso], llegó a unos 7% de los votos para presidente, materializada en el voto a Heloísa Helena y al Frente de Izquierda PSOL-PSTU-PCB-Consulta Popular. La ilusión sobre el peso de la izquierda se deshizo con las primeras declaraciones del presidente reelecto, que reendosó la política económica, mantuvo en los cargos a algunas figuras emblemáticas (el caso de Henrique Meirelles en la presidencia del Banco Central) y defendió a la “Era Palocci”. En el mismo movimiento, Lula alentó a nombres para componer al nuevo ministerio que están entre los más reaccionarios del medio empresarial – empezando por Jorge Gerdau Johannpeter, propietario del mayor conjunto de siderúrgicas de Brasil (y de algunas en el Exterior), compradas en la cuenca de las almas de las privatizaciones del gobierno FHC.[Fernando Henrique Cardoso]

Los votos nulos alcanzaron la marca de los 4%, el mismo porcentaje para los votos en blanco, y 23% de los votantes no comparecieron a las elecciones, incluso con la obligatoriedad del voto. De hecho, las elecciones presidenciales no le interesaron a 31% de los votantes. O, entonces, las candidaturas no motivaron a este 31% de los electores. Es el porcentaje más alto de “indiferencia” electoral de la historia moderna brasileña. Es una indiferencia que ya se aproxima a los números de la abstención de los norteamericanos en las elecciones presidenciales. De nuevo, esta indiferencia quiere decir que la política no pasa por el conflicto de clases, lo evita, y hace trampa con él. En las calles, el fracaso del “cambio” no podria ser más evidente: ninguna vibración, ninguna bandera del PT o de cualquier otro partido, ninguna movilización. La gran mayoria de los electores se desinteresaba de la obligación con aire de enfado. Muchos de ellos enseguida tomaron el camino de las playas.

El presidente reelecto no lamentó a esta indiferencia expresiva del electorado. Se quejó amargamente, eso si, de no ser el preferido de los “ricos”, reclamándoles el hecho de que nunca los banqueros ganaron tanto dinero como en su gobierno, para enseguida después decir que los “pobres” habían ganado la elección. Esta interpretación enseguida fue tapa de los diarios: Brasil se había dividido entre “pobres” y “ricos”. Se olvidaron de explicar el 40% de los votos de Geraldo Alckmin en la primera vuelta: ahí ya seríamos un país del Primer Mundo!

¿Cuál será la cara del mandato que ahora se inicia? Ciertamente, habrá una nueva ampliación del programa Bolsa-Família, y es ahí que vive el peligro. En los otros sectores, los cambios serán superficiales. Tal vez sea hecha la gran transposición del rio San Francisco para los estados más afectados a la sequía en el Nordeste, y algunas obras de infraestructura. Por ahí se quedará.

La perspectiva para el futuro requiere una reflexión gramsciana. Tal vez estemos asistiendo a la construcción de una “hegemonia al revés” típica de la era da globalización. Sudáfrica, probablemente, anunció a esta hegemonia al revés: mientras las clases dominadas toman la “dirección moral” de la sociedad, la dominación burguesa se hace más descarada. Las clases dominadas en Sudáfrica, que se confunden con la población negra, derrotaron al apartheid, uno de los regímenes más nefastos del siglo XX, incluso teniendo en cuenta que el siglo pasado conoció al nazi-fascismo y al archipiélago Gulag. Y el gobierno sudafricano oriundo de la caída del apartheid, sin embargo, se rindió al neoliberalismo. Las favelas de Johanesburgo no dejan lugar a dudas (vean Planeta Favela, de Mike Davis, editora Boitempo, 2006). Así, la liquidación del apartheid mantiene el mito de la capacidad popular para vencer a su temible adversario, mientras legitima la desenfrenada explotación por el capitalismo más impiedoso.

Algo así puede estar en curso en Brasil. La larga “era de la invención” (ver mis artículos “Política en una era de indeterminación” y “El Momento Lénin”) proporcionó la dirección moral de la sociedad brasileña en la resistencia a la dictadura y alzó la cuestión de la pobreza y de la desigualdad al primer plano de la política. Llegando al poder, el PT y Lula crearon el Bolsa-Família, que es una especie de derrota del apartheid. Incluso más: al elegir a Lula, parecia haber sido borrado para siempre el preconcepto de clase, y destruídas las barreras de la desigualdad. Al elevarse a la condición de condottiere y de mito, como las recientes elecciones parecen comprobarlo, Lula despolitiza la cuestión de la pobreza y de la desigualdad. Él las transforma en problemas de administración, derrota al supuesto representante de las burguesias – el PSDB, lo que es enteramente falso – y funcionaliza la pobreza. La pobreza, así, podria ser trabajada en el capitalismo contemporáneo como una cuestión administrativa.

Ya en el primer mandato, Lula habia secüestrado a los movimientos sociales y las organizaciones de la sociedad civil. El viejo argumento leninista-stalinista, de que los sindicatos no tendrían ninguna función en un sistema controlado por la clase obrera, resurgió en Brasil de forma matizada. Lula nombró como ministros de Trabajo a ex-sindicalistas influyentes en la CUT [Central Única de Trabajadores]. Otros sindicalistas están al frente de los poderosos fondos de pensión de las estatales. Los movimientos sociales prácticamente desaparecieron de la agenda política. Incluso el MST se ve maniatado por la fuerte dependencia que tiene en relación al gobierno, que financia el asentamiento de las familias en el programa de la reforma agraria.

En las condiciones en que se dió, la victoria electoral anula a las izquierdas en Brasil. Toda crítica es inmediatamente identificada como siendo de “derecha” -que es un término inadecuado para la defensa de un gobierno que tiene en la derecha pilares fundamentales, desde el pequeño PP a sectores del PMDB, como los de Jader Barbalho y José Sarney. Un rencor sordo torna difíciles las relaciones entre la izquierda independiente y el PT y, particularmente, el gobierno Lula. Por otro lado, los medios, sobretodo los grandes diarios, sigue atacando al gobierno con ferocidad, lo que contribuye a confundir la crítica de la izquierda con la crítica de la propia prensa. El principal partido de la oposición a Lula, el PSDB, se pulverizó- y también confunde toda la crítica con sus posiciones.

En caso que el programa Bolsa-Família experimente una gran ampliación, lo que será posible simplemente con una reducción de 0,1% del superávit primario, los fundamentos de la “hegemonia al revés” estarán consolidándose. Se trata de un fenómeno nuevo, que está exigiendo nuevas reflexiones. No es nada parecido con cualquiera de las prácticas de dominación ejercidas a lo largo de la existencia de Brasil. Supongo, también, que ella no se parece con lo que o Occidente conoció como política y dominación. No es el patrimonialismo, pués lo que los administradores de los fondos de pensión estatales geren cian es capital-dinero. No es el patriarcalismo brasileño de Casa-grande & senzala, de Gilberto Freyre, porque no es ningún patriarca quien ejerce el mando, ni la economia es “doméstica” (en el sentido del domus romano), aunque en la cultura brasileña el jefe político pueda confundirse, a veces, como el “padre” – Getúlio Vargas fue llamado de padre de los pobres y Lula piensa tomarle el lugar; pero lo que él genere, con su clase, es capital. No es populismo, como sugiere la crítica de la derecha, e incluso de algunos sectores de izquierda, porque el populismo fue una forma autoritaria de dominación en la transición de la economia agrária para la urbano-industrial. Y el populismo fue – de forma autoritaria, enfatizese – la inclusão sui generis de la novel clase opbrera, desbalanceando a la vieja estructura de poder en Brasil, desplazando fuertemente los latifundistas de la base da dominación. Nada de esto está presente en la nueva dominación.

Muchos críticos y analistas consideran que el Bolsa-Família es el gran programa de inclusión de las clases dominadas en la política. Esto es una grave equívocación, sobretodo por parte de aquellos que cultivan la tradición marxista gramsciana. Entre ellos están Walquíria Domingues Leão Rêgo, el propio ministro Tarso Genro, y Luiz Jorge Werneck Vianna, siendo que este último considera al Bolsa-Família, y al propio gobierno Lula, como la continuación de la “via pasiva”, en la larga, y permanentemente inacabada, Revolución Burguesa brasileña. La nueva dominación (y arriesgo la hipótesis de que ella sea propia y funcional al capitalismo mundializado) invierte los términos gramscianos. Veamos.

Parece que los dominados dominan, pués proporcionan la “dirección moral” y, hasta fisicamente, están a la cabeza de organizaciones del Estado, directa o indirectamente, y de las grandes empresas estatales. Parece que ellos son los propios capitalistas, pués los grandes fondos de pensión de las estatales son el corazón del nuevo sistema financiero brasileño, y financian pesadamente la deuda interna pública. Parece que los dominados comandan la política, pués disponen de poderosas bancadas en la Cámara de Diputados y en el Senado. Parece que la economia está finalmente estabilizada, que se dispone de una sólida moneda, y que tal hazaña se debió a la política gobernamental, principalmente en el primer mandato de Lula.

El conjunto de apariencias esconde a otra cosa, para la cual aún no tenemos nombre, ni tal vez concepto. Pero seguramente será en las pistas del legado de Antonio Gramsci, el “pequeño gran sardo”, que podremos encontrar el camino de su decifrado. El consentimiento siempre fue el producto de un conflicto de clases en que los dominantes, al elaborar su ideologia, que se convierte en la ideologia dominante, trabajan la construcción de las clases dominadas a su imagen y semejanza. Ese es el núcleo de la elaboración de Marx y Engels en La Ideologia Alemana, que el pequeño gran sardo desdobló admirablemente. Se está frente a una nueva dominación: los dominados realizan la “revolución moral” – la derrota del apartheid en Sudáfrica; la elección de Lula y el Bolsa-Família en Brasil – que se transforma, y se deforma, en capitulación ante la explotación desenfrenada.

En los términos de Marx y Engels, de la ecuación “fuerza + consentimiento” que forma la hegemonia, desaparece el elemento “fuerza”. Y el consentimiento se transforma en su reverso: no son más los dominados quienes consienten su propia explotación. Son los dominantes – los capitalistas y el capital, explicitémoslo – que consienten en ser politicamente conducidos por los dominados, con la condición de que la “dirección moral” no cuestione la forma de la explotación capitalista. Es una revolución epistemológica para la cual todavía no disponemos de la herramienta teórica adecuada. Nuestra herencia marxista-gramsciana puede ser el punto de partida, pero ya no es el punto de llegada.

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