Diarios, taxis y la izquierda Uber

Por Alejandre Coslei 08/09/2016 en la edición 919
Observatorio de la Prensa

Se acercan las elecciones de 2016. Amenazados por el lobby e infinito aporte financiero de las empresas extranjeras que quieren expropriar al sistema de transporte individual en varias ciudades, los taxistas buscan unir votos en bloque en un verdadero intento de preservar la profesión reglamentada por la presidenta Dilma en 2011, a través de la ley 12.468/11. De repente, descubrieron que forman parte de un grupo de trabajadores sin apoyo de los partidos y nombres de la izquerda, que parece no tenerles fé en la capacidad de coordinación política de la categoria. Sorpréndanse, los que anuncian la defensa irreductible a favor de la categoría en las dos grandes capitales (Rio de Janeiro y San Pablo) son candidatos de la derecha. Uno de ellos lidera las encuestas. Enfrentada al tema, la izquerda exhibe síntomas del síndrome del persa. Las apuestas empezaron.

Durante 50 años, el taxi fue la ocupación ejercida por miles de ciudadanos que eligieron el trabajo autónomo para construir su propia vida. Formaron una familia, criaron a sus hijos e incluso después de jubilados permanecieron al volante, la mayoria por amor al oficio. En Rio, son más de 50 mil conductores que se turnan en la flota de cerca de 33 mil taxis que ruedan diariamente por las calles de la ciudad. Obreros que conducen máquinas y transportan a personas. Algunos malhumorados, otros conversadores, están los religiosos, los politizados, pero prevalece en todos ellos la pasión y el vicio por el asfalto. En un tránsito desgastante, expuestos a todos los peligros, ellos superan jornadas de 12 horas para alcanzar un alimento digno.

Los taxistas despiertan leyendas que proliferan por la ignorancia. Dicen que son organizados, con sindicatos fuertes, pero la realidad es que son fragmentados y con sindicatos de fachada. Sus patrones, los pasajeros, nutren odios secretos y explícitos por la categoria. Por más que la mayoria se esfuerce en prestar un buen serviço, es por una minoria que son condenados. No sólo en Brasil, sino en casi en todo el mundo, los taxistas representan el más genuíno ejemplo de preconcepto de clase, descriptos como mafia, groseros, reaccionarios, creyentes, pobres y fracasados. En una correlación poética, podríamos decir que ellos embarcan indivíduos y desembarcan rencores.

Recientemente, multinacionales extranjeras basadas en la tecnologia de las aplicaciones, descubrieron que los taxis so un filón que rinde cifras de miles de millones. Invirtieron en la explotación del servicio. No, no invirtieron para ejercitar la competencia, decidieron formar un monopólio. La estrategia para tomar al mercado encuentra un éxito fácil en países como Brasil, donde la gran prensa también sigue el formato de un monopolio privado y es facilmente cooptada por patrocinadores poderosos. Incentivando artículos en los medios, las aplicaciones de “viajes remunerados” se lanzan en una campaña feroz contra los taxistas autónomos. Un gran diario carioca pasó meses movilizando a todos sus columnistas para publicar textos semanales ensuciando al servicio y los conductores de los amarelinhos [amarillo el color de los taxis de Río].

Usando editoriales y figuras famosas, como Jânio de Freitas, Gregorio Duvivier y Nelson Motta, la prensa no dió tregua. De una hora a otra, todos entendían sobre la compleja burocracia municipal que concede las licencias y sobre la árdua tarea de dirigir para sobrevivir. En un abrir y cerrar de ojos, nació un mesias, el salvador, una corporación extranjera canonizada por la opinión pública: Uber.

Los “barones de los taxis”

Uno de los argumentos más usados para quebrar a los taxistas y abrir espacio al canibalismo de Uber remitía a los “barones de los taxis”, empresas que representan a cerca de 1670 autonomias frente a una flota de 33 mil autos (según la información del diario Extra, en la edición del 15/09/2015). O sea, poco más de 5% de las licencias son las que dimensionan a los “barones” dentro de una categoria formada macizamente por profesionales autónomos. Esta flamigerada mafia cobra diarias, pero proporciona el auto, paga los seguros, paga los impuestos y se los ofrece los fines de semana para la ganancia libre del conductor. Ya el taxista autónomo necesita asumir cargas, revisaciones mantener los documentos al día, además de declarar el impuesto de rentas, si quisiera renovar su licencia anualmente. Testimoniamos un fenómeno sorprendente e inexplicable, cuando el término “mafia” es usado contra quien sigue y respeta a las reglas.

En regiones con mentalidad menos colonizada, ya se cuestiona con rigor la invasión de aplicaciones que alquilan a los medios, no respetan ninguna legislación, ignoran al poder público y utilizan al poder judicial para imponer la reinterpretación de las leyes vigentes en beneficio propio. El derrame de autos particulares prestando el servicio de transporte individual causa empeoramiento en la calidad de vida, en la contaminación y en la precarización del servicio. Nada se revierte en benefício sustentable a la población. La tarifa más barata es una deuda que será cobrada con intereses extorsivos y a corto plazo. A pesar de los daños evidentes al orden urbano, a pesar de la obvia intención de formar un monopolio privado de aquello que antes pertenecia a trabajadores independientes, Uber propagó un folleto eficaz para adoctrinar las mentes y ser repetida por las bocas de menor sentido crítico. Todo se resume a la libre elección, a la libre iniciativa. Es tragicómico que una organización monopolica pregone tales valores. Una calamidad que muchos crean en esto.

Considerada agresiva y depredatoria, la estrategia de Uber se apoya en pocos elementos. Primero usan a los medios para descalificar a los taxis; en paralelo divulgan una primera propuesta de autos de lujo que sirve como Caballo de Troya; pasan a una segunda fase, en que se aprovechan de la indignación de los taxistas para destacar el odio y las reacciones violentas de la categoría como factores que confirman la antipatia de la población.

Con el sistema de taxi fragilizado y sus profesionales deprimidos por la masacre moral, se olvidan de los autos de lujo e implantan Uber-X, atrayendo a conductores inexperientes que se sometem a tarifas menores usando vehículos populares, más viejos que la flota de taxis, para dominar el escenario. Por último, presionan a políticos por la desreglamentación del servicio, lo que legitima la ganancia sin la necesidad de asumir el gasto tributario de la actividad. No ofrecen nada a sus asociados, pero les subtraen 25% de la facturación bruta de cada conductor, rechazando cualquier vínculo laboral. El cobro es por dia trabajado, no hay rendimiento que quede libre de la tasa impuesta para trabajar por la aplicación.

Uber es mucho más mezquina que las 15 empresas de taxis que actúan en Rio, no respetan a ninguna legislación municipal que regula la modalidad de transporte individual público, pero son los buenos en los titulares y en los reportajes de la TV. Los malos del siglo 21 son aquellos que se someten al poder público. Con la ayuda de la gran prensa, cortaron cerebros y substituyeron a los barones por un faraón. El capital no quiere más límites.

Jânio de Freitas escribió que los taxistas se merecian una buena lección para castigar la prepotencia de la clase. Duvivier cuenta que taxista mea en el poste. Gracias a Jânio de Freitas y a Gregório Duvivier, ambos de Folha de São Paulo, la izquerda caviar (que cuesta caro) decidió cambiar para un formato más económico y que acepta tarjeta de crédito: nace la izquerda Uber.

***

Alejandre Coslei es periodista y escritor


Izquierda caviar es una expresión política de uso coloquial y peyorativo, utilizada para referirse a aquellos que proclaman tener ideas de izquierda pero que mantienen una vida con ciertos lujos o alejada de los ideales que algunos suponen propios de una política de izquierda. Por extensión se aplica el calificativo caviares para referirse a las personas consideradas pertenecientes a la izquierda caviar.
Wikipedia

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