Sin una reflexión crítica sobre la cultura, nunca será posible huír de la alienación

Folha de São Paulo

Vladimir Safatle

Una de las mayores características de cierta tradición del pensamiento crítico del siglo 20 fue la conciencia de la necesidad de pensar, de forma indisociable, crítica social y crítica cultural.

Este era el resultado de la aceptación de una premissa mayor, a saber, el análisis de la producción cultural del presente no deberia ser pensada sólo a partir de las funciones que canciones, libros, obras de teatro y películas desempeñarían en la repetición de los patrones vigentes de la vida social.

O sea, tal producción no deberia ser pensada sólo a partir de la sociabilidad que ella sustenta, de la reproducción de las identidades sociales que ella ayuda a perpetuar, del placer y dell entretenimiento que ella causa. La producción cultural deberia ser analizada a partir de la emancipación social que ella seria capaz de generar.

Desde Friedrich Schiller y su “Educación Estética del Hombre”, existe la comprensión de que no existiria transformación social posible sin una “revolución en la sensibilidad”, o sea, sin que nuevas formas de sentir obtuviesen un cuerpo, sin que nuevos circuitos de afectos emergieran.

Pero, para eso, era necesaria una conciencia crítica capaz de buscar la poesia que una sociedad transformada gritase, la canción que la anunciara. Producir la imagen de lo que aún no existe.

Quien no necesitó leer a Schiller para descubrir eso fue la industria cultural (aunque algunos prefieran tirar a este concepto en la basura). A su manera, ella sabia que, si vos no quisieras una revolución social capaz de producir nuevas formas de vida y si estuvieras interesado en bloquear posibilidades de emancipación, la salida es gerenciar la cultura.

Así, es posible impedir cualquier cambio en la sensibilidad, controlar la capacidad de sentir, la velocidad de las impresiones y sensaciones, los modos de presentación y de existencia, el tiempo de los deseos y el espacio de las percepciones.

Pero, para tanto, es necesario hacer que todos creen que cualquier regimen de crítica de las formas actuales de sensibilidad es cosa del intelectual elitista desvinculado del contacto directo con el pueblo y embriagado por un deseo inconfesado de descalificación de los modos de vida populares. Gente que no comprende que Beyoncé ya es la figura máxima de la emancipación y del empoderamiento feminino. O sea, para muchos, la industria cultural proporciona incluso hasta la gramática para nuestra bronca.

Alguien en este país un día dijo sabiamente: “Las masas aún comerán la galletita fina que fabrico”. Esta era su maneira de decir que la alienación social está siempre ligada a la restricción de la circulación de formas de experiencia. Romperla es indisociable de la capacidad oí poesia, especialmente aquella que es “incomprensible para las masas”.

Infelizmente, si Oswald de Andrade volviese hoy con frases de este calibre, yo tendría miedo de los improperios que él escucharía. Pués la idea de la necesidad de hacer circular producciones que tensionen a nuestros modos de sensibilidad “popular” salió de escena. La simple idea de que puede haber mucho de reaccionario en lo que se vende como popular es casi un crimen. La razón es simple: al misma idea de crítica cultural como un proyecto intelectual colectivo murió. Ella es vista como un escombro autoritario de universitarios sin amor con la sociedad democrática de masas.

Este fin de la crítica cultural es indisociable del proceso de reducción de las expectativas de transformación social. Pués, para algunos, no se trata más de luchar por transformaciones estructurales, sino de comprender la política como el acto de reconocer, de respetar y de permitir la generalidad de afirmaciones de si y de los grupos.

O sea, se trata de por encima de todo de “darle la bienvenida”, como si la cultura fuese el espacio terapéutico para el tratamiento de traumas sociales. En este proceso, la misma idea de análisis estético sale de escena, en apoyo a la proliferación de justificaciones sociológicas.

Bueno, si quisiesemos entender una de las raíces de la miseria de nuestra imaginación política actual recomiendo volver la mirada hacía el fin de la crítica cultural. Pués sin reflexión crítica sobre la cultura nunca fue ni será posible romper el círculo de anestesia que perpetua la alienación social. No deja de tener su ironia que esto ocurra exactamente en el momento en que necesitamos lidiar con líderes autoritarios y protofascistas salidos directamente del último reality show.

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