Sobre la operación “Carne Débil”, los ganaderos y los trabajadores de esa actividad en Brasil

Ante la operación Carne Fraca [Carne Débil] algunos medios e intelectuales llamados de izquierda dicen que hay un ataque a la industria y que el objetivo sería que Brasil pierda los mercados externos de la carne brasileña.


Criticar a Carne Fraca basado en el nacionalismo es una cachetada en los trabajadores.
Por Leonardo Sakamoto.

La Operación Carne Fraca expone una red de corrupción involucrando a frigoríficos y fiscales [inspectores] agropecuarios para liberar productos sin la verificación, incluyendo incluso a carnes no propias para el consumo.

Más allá de las críticas al comportamiento de grandes empresas del sector, como JBS (dueñas de Friboi y Seara) y BRF (dueñas de Perdigão y Sadia), de la indignación colectiva y de los chistes y memes generados, hay quien denuncie a supuestos intereses económicos internacionales y políticos nacionales atrás de la operación. Alertan que esto puede debilitar al sector de frigoríficos brasileño y su proyección internacional.

Entiendo la incomodidad de ellos y respeto su punto de vista. Y si hubiera distorciones en la operación, los responsables deben ser castigados. Pero permitanme educadamente no estar de acuerdo. Pués el tema de la soberania no involucra sólo el interés de industriales y de grandes productores rurales, sino del conjunto de los trabajadores y de la sociedad.

No es hoy que el sector de producción de proteína animal, por su naturaleza, influencia política y forma de actuar, han causado trabajos análogos al del esclavo, superexplotación y muerte de obreros en unidades de procesamientos, violencia contra poblaciones tradicionales, crímenes ambientales, robo de tierras públicas, contaminación de reservas de agua, sufrimiento innecesario de animales.

En los últimos 20 años, estuve en más acciones de rescate de personas esclavizadas en haciendas de ganado de lo que me gustaria, vi a trabajadores que perdieron partes del cuerpo en frigoríficos que nunca voy a olvidar, presencié la realidad de indígenas víctimas de violencia por parte de productores que les proveen a grandes grupos. Al mismo tiempo, he dialogado con grandes empresas del sector, verificando que han sucedido mejorías – pero no en el ritmo necesario para garantizar que la dignidad no sea algo de lo que sólo la próxima generación se irá a beneficiar.

He caminado al país para cubrir la falta de respeto a los derechos fundamentales causados por un modelo de desarrollo que, bajo la justificación de la soberania nacional, la misma usada por la dictadura civico-militar, pasó una aplanadora por encima de familias del campo. Que no sólo hizo imposible una reforma agraria amplia, sino que llevó a más concentración de tierras, financiando todo esto con dinero público – basta ver todo lo que el sector de frigoríficos recibió. El modelo que fue aplicado por el PSDB/DEM y PT/PMDB [las alianzas partidarias del presidente Fernando Henrique Cardoso primero y de Lula-Dilma después] sin ninguna ceremonia.

¿Por qué un grupo inteligente e ilustrado de formadores de opinión, de izquierda o derecha, considera que si el capital nacional explota a las comunidades en el campo es muy diferente que el Centro mundial explote a la Periferia? Los resultados son iguales y la historia está ahí para mostrarlo, por otra parte, que el capitalismo en la Periferia, por ignorar las reglas del juego y los reclamos de la sociedad, es más truculento que el capitalismo en el Centro. Es inocente pensar que las empresas brasileñas actúan, necesariamente, en nombre de un ”interés nacional”.

El desarrollo en curso en la Amazonia, en el Cerrado y en el Pantanal, por ejemplo, privilegían sólo a una camada pequeña de la población. Las ganancias derivadas de la implantación de grandes emprendimientos agropecuarios, extractivistas e industriales permanece concentrado en la mano de pocos, mientras que el daño social y ambiental es dividido por todos. Este pragmatismo exacerbado, de que es necesario perder peones para ganar una partida de ajedrez, es muy triste. Aún más cuando viene de políticos que, desde la dictadura, lucharon y fueron torturados por la libertad y por la efectivación de derechos.

Cuando asumió el poder, parte del PT parece haberse olvidado que los que quedaron por el camino en la lucha por la redemocratización no murieron sólo por derechos civiles y políticos – sino también por los sociales, económicos, culturales y ambientales, o sea, por otra forma de ver y hacer el Brasil. No era sólo para poder expresarse y votar, sino para que aquellos que eran víctimas de arbitrariedades y tenían su tierra, su trabajo y su dignidad robadas en nombre del desarrollo y de la independencia económica, de este que es “un país que va para adelante”, pudiesen tener una alternativa además del “ámelo o déjelo”.

Desde este punto de vista, ¿cómo justificar las diferencias entre el discurso de una época en que usábamos el trabajo esclavo para producir carne en la dictadura con el momento en que usamos el trabajo esclavo para producir carne en democracia? ¿Insultando – en ambos casos – a los opositores de “heraldos del atraso” o acusándonos de hacerle el juego al ”enemigo externo”?

Muchas cosas cambiaron desde que los verde oliva dejaron el poder, en aquella apertura “lenta, gradual y segura”, pero mantuvimos modelos de desarrollo que le darían orgullo a los mayores planificadores de aquel período: de que, para crecer rapidamente y alcanzar nuestro ideal de nación, vale cualquier coisa, pasando por encima de cualquiera.

La verdade es que el ”enemigo externo” también somos nosotros.

Todo esto con el silencio consentido de buena parte de la sociedad. Y con el silencio producido a la fuerza por la otra parte.

Desarrollo a todo costo para producir y, así, exportar, generar divisas, pagar intereses de préstamos, y así poder contraer más préstamos e invertir en la producción. No sin antes destruir otro lugar y otra comunidad. Que puede ser indígena, pero también ribereña, campesina, quilombola, pescador o incluso habitantes pobres de las periferias de las ciudades. O vender carne mala.

No estamos garantizando a la soberania alimentaria de nuestro pueblo o la independencia económica de nuestro país. Al contrario, estamos rifando su futuro.

¿Cuántas veces fuimos blanco de insultos y difamaciones por personas y grupos que se consideran progresistas por criticar la forma por la que el gobierno brasileño, bajo las administraciones de Fernando Henrique Cardoso y Lula-Dilma, aceleraba la marcha de un proyecto de producción de energia hidroeléctrica que atacó los derechos de comunidades ribereñas e indígenas? ¿Cuántas veces, nosotros periodistas, no fuimos acusados de traidores a la patria por mostrar el costo social y humano de las usinas de Belo Monte, Jirau y Santo Antônio?

Mucho tiempo antes de toda esta polêmica em torno de la censura impuesta por el gobierno Temer a la ”lista sucia” del trabajo esclavo, cuando ella era actualizada periodicamente por el gobierno federal, líderes sindicales golpeaban la puerta del Ministerio de Trabajo para pedirle que las empresas atrapadas con trabajos análogos al de los esclavov en la construcción civil fuesen retiradas de la ”lista sucia”. Al final, según ellas, esto castigaría a quien contrataba trabajadores. ¿Y saben lo mejor? Los líderes, por lo que cuentan las personas que participaron de estas reuniones, ni exigian que esto fuese hecho con alguna contrapartida por parte de estas empresas sobre el tema del trabajo esclavo. Era la defensa desnuda y cruda. Pensaban que estaban haciendo el bien para los trabajadores al garantizar que las constructoras no quedasen sin financiación pública. En verdad, se habían transformado enn lobbistas de ellas.

No estoy loco para defender el cierre de sectores importantes de la economía. Sé que esta es la estructura que tenemos y vamos a tener que trabajar con ella, nos guste o no, para evitar más desempleo y problemas sociales.

Pero ya se pasó el momento para que nuestro capitalismo siga un mínimo de reglas para la compra y venta de la fuerza de trabajo, que respete al medio ambiente, que garantice los derechos a las comunidades tradicionales y, claro, en la calidad del producto que él le entrega al consumidor final.

Y ya se pasó la hora de colocar a sectores contra la pared. Fue a través de la denuncia y de la presión, interna y externa, que Brasil empezó a desarrollar un sistema de combate a la esclavitud que, hasta ahora, fue un ejemplo de acuerdo con las Naciones Unidas. La presión externa, a través de la solidaridad de los trabajadores de otros países, fue fundamental para la redemocratización en Brasil. Entonces, esta selectividad en el tipo de presión no es aplicable. No estamos aquí hablando de desvios en el comportamiento del sector, sino de situaciones encontradas sistematicamente a lo largo de sus cadenas.

Momentos como este no son para contemporizar, sino para colocar sobre la mesa las demandas de la sociedad. Que no pueden ser sólo la seguridad de que nadie va a comprar comida no apropiada para el consumo, sino también que su propio consumo no vá a financiar crímenes e irregularidades detectados en la cadena productiva de la carne, como ya citamos aqui. El bife de carne enfrente tuyo no es sólo tu almuerzo. En él, reside una de las mayores contradicciones de nuestro tiempo: ¿cómo crecer de forma sostenible y no pisar en los más pobres en el medio del camino?

Entiendo que mucha gente buena vea a los números de todo esto y esté preocupada con la judicialización de la política y con el futuro del país. Pero las leyes, la política y el país sólo tienen sentido si tuvieran como fin garantizar un mínimo de dignidad a la vida. Y, por ahora, estamos fallando retumbantemente en esta misión.

Este debate involucra a mucha gente que quiere un futuro mejor para el país. Pero el resultado, como lo veo yo, muestra que la izquierda sigue sin un proyecto claro de país. Porque, cuando adopta acciones, sistematicamente toma prestado el comportamiento y el discurso de quien estuvo desde siempre en el poder.

Por Leonardo Sakamoto

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