Retorno al campo: la larga marcha

Instituto Unisinos

“Hay una inmensa cantidad de materiales pasibles de transformación. Entre todos, el más importante es la tierra, ya que la primera necesidad humana es alimentarse. El hombre garantiza su subsistencia haciendo a la tierra productiva. Por eso es que consigen sobrevivir en el campo familias que no disponen de rentas. Subsistem, aunque no amparadas por el dinero, sino porque extraen alimentos directamente de la tierra, prescindiendo de la intermediación del mercado”, escribe Felipe Dittrich Ferreira, master en antropologia por la Unicamp.

A continuación el artículo.

La crisis económica en curso muestra que las estratégias de “inserción social” basadas sólo en la generación de empleo so insuficientes para darle a la masa de los ciudadanos brasileños un grado mínimo de seguridad material, sobre todo en función de la disminución de los vínculos laborales, hoy susceptibles de romperse a la menor señal de problemas en el plano de la micro o de la macroeconomia. El trabajador, de esta forma, es cada vez más la primera víctima de cualquier crisis económica.

Para mitigar las dificultades generadas por el desempleo el gobierno dispone de pocos instrumentos. Seguro por desempleo y bolsa familia [especie de Asignacion Universal brasileña] son obviamente insuficientes para darle a una familia condiciones para sobrevivir con dignidad. La gran masa de trabajadores no formalizados, de cualquier forma, no tienen acceso ni incluso a esta ya tenue red de protección. Si a un trabajador informal se le ocurre enfermarse o sufrir un accidente él puede terminar, si no tuviear en la familia quien pueda ayudarlo, forzado a vivir en la calle, entrando, así, en una espiral de degradación de la cual pocos consiguen salir.

El ex-senador Eduardo Suplicy, teniendo en vista situaciones de este tipo, hace años ha defendido el establecimiento de una “renta mínima de ciudadania”, que desvincularia el “derecho de vivir” de la pose de un empleo asalariado. Los patrones, de esta forma, dejarían de tener poder sobre la vida y la muerte de los trabajadores. Aunque esta propuesta tenga innegables virtudes, puede legitimamente cuestionarse de manera en que el gobierno obtenria recursos para bancar un programa de esta magnitud en la ausencia de una robusta actividad económica. Si alguien cobrará sin trabajar, es necesario que otro cualquiera trabaje por los dos. Es inútil decir que deberá ser tasada con mayor vigor a la clase propietaria. Se sabe que la base de la riqueza es el trabajo. Si los empresários fuesen forzados a pagar más impuestos lo harán aumentando la rentabilidad de su mano de obra, sea haciendo a las jornadas de trabajo más largas, sea haciendo el ritmo de trabajo más intenso, sea agregando al trabajo factores tecnológicos que amplien el alcance del esfuerzo individual. Sea como sea, toda la tributación recaerá en última instancia sobre los trabajadores.

Este es el problema de las estrategias de inserción social amparadas en tributación y redistribución, que caracterizan, en términos generales, los gobiernos vinculados a la social-democracia o al laborismo. Inclinándose a la izquierda, o sea, procurando dividir los frutos del progreso por medio de la imposición de frenos a las ambiciones del Capital, el gobierno social-democrata termina, más temprano o más tarde, forzado a hacer un movimiento en el sentido opuesto, aflojando las amarras en las que estaba presa a la clase propietaria, con vistas a evitar la desaceleración de la economia o para reanimarla.

Gobiernos “redistributivistas”, en otras palabras, aunque interesados en liberar a los trabajadores de la tirania de los patrones, son dependientes, en última instancia, del éxito de la clase empresarial, la única, en los marcos de la economia capitalista, capaz de generar renta. La social-democracia, así, tiende a tornarse cómplice de la explotación del trabajo, al aliarse con el Capital, aunque con renuencia, en el esfuerzo para sustentar indefinidamente tasas elevadas de crecimiento económico, sin las que el redistributivismo casi fatalmente desemboca en crisis fiscal. Si la social-democracia busca mantener en la crisis el patrón de desembolsos establecido a lo largo del período de bonanza, sin tomar cuidados para la retomada del crecimiento – o sea, si son mantenidas restricciones de naturaleza humanitaria a la extracción de plusvalia, dificultando la realización de nuevas inversiones –, la social-democracia, como decíamos, termina generando una crisis en la que fatalmente será tragada, dando margen a la ascensión de la derecha al poder.

La gestión liderada directamente por los propietarios se encargará, entonces, a realizar un “ajuste” con el objetivo alegado de crear “condiciones para el crecimiento”. Esto, en la práctica, quiere decir que los patrones recibirán autorización para pisar sobre la cabeza de los trabajadores. Equipados con una “licencia para matar” los patrones, de hecho, van a sentirse estimulados para realizar más inversiones, en general generando cierta cantidad de empleos, aunque precarios y mal remunerados, así como ingresos tributables con las que el gobierno va a reequilibrar sus cuentas, escapando del riesgo de entrar en una espiral incontrolable de endeudamiento. Inicialmente, la retomada del “crecimiento” será bien recibida, ya que los trabajadores al borde de la miseria serán salvados por el Capital y el gobierno dejará de depender de préstamos cada vez más costosos. con el tiempo, sin embargo, el aspecto mentiroso del “progreso” así obtenido llegará a la luz, en la medida en que los trabajadores se den cuenta que escaparon de la miseria sólo para ingresar en una relación altamente explotadora, en la que ven vaciarse la propia fuerza vital, sin que a cambio reciban lo suficiente para lanzar los cimientos de su propia vida.

De este modo, va siendo pavimentado el camino para el retorno de la social-democracia o del laborismo al poder, en una alternancia casi coreografiada, aunque tempestuosa, entre derecha e “izquierda”, en la que no se debate el problema de que esté en el centro del engranaje económico un monstruo furioso, omnívoro devorador de personas, ríos y árboles – se debate sólo si este monstruo debe ser mantenido bajo riendas cortas o sueltas.

¿Es posible huír de este círculo vicioso? La respuesta positiva requiere que se compreenda que es posible o incluso necesario desvincular a la ciudadania del empleo, siendo imposible, sin embargo, desvincular la ciudadania del trabajo. Es necesario, por lo tanto, distinguir trabajo de empleo. ¿Es esto posible? Sin duda, pero para esto es necesario que cada trabajador tenga a su disposición cierta cantidad de “materia”, de modo en que pueda invertir sobre ella su esfuerzo y su inteligencia, realizando, de esta forma, un potencial que, aunque inscripto en la naturaleza, depende de la acción humana para revelarse.

Hay una inmensa cantidad de materiales pasibles de transformación. Entre todos, el más importante es la tierra, ya que la primera necesidad humana es alimentarse. El hombre garantiza su subsistencia tornando a la tierra productiva. Entonces consigen sobrevivir en el campo familias que no disponen de renta. Subsisten, aunque no amparadas por el dinero, porque extraen alimentos directamente de la tierra, eximiéndose de la intermediación del mercado.

Es la tierra, por lo tanto, que les proporciona una “renta mínima de ciudadania”. Esto, obviamente, no quiere decir que estén excentos de trabajar. Sólo quiere decir que para ellos todo depende de la relación que mantienen con la tierra. No es necesario que encuentren quien desee contratarlos, ni es necesario que negocien cuánto van a ganar. Es con el suelo que dialogan.Es con la naturaleza que necesitan firmar un contrato.

Se puede extraer de este ejemplo una propuesta: si cada brasileño, al completar la mayoría de edad, recibiese el derecho de ocupar un pedazo de tierra, seria posible implantar en Brasil un sistema de “renta mínima” sin que la importancia del trabajo fuese menospreciada. Al mismo tiempo, daríamos al país mayor autonomia ante la clase propietaria, ya que la subsistencia, extraída directamente de la tierra, eximiría al gobierno, al menos en alguna medida, de continuamente tomar medidas para favorecer al crecimiento de la economia. Este punto es fundamental, ya que sabemos como los gobiernos estimulan al crecimiento: lanzando al horno que mueve a las locomotoras del Capital bienes colectivos tales como derechos laborales, leyes relativas a la protección del medio ambiente, los días santos y las calles calmadas. Por tales cosas ansía el Capital en función del eterno retorno a la “acumulación primitiva”.

Rescataríamos, en resumen, por medio del retorno a la tierra, no sólo la dignidad del trabajador, sino también la propia dignidad del trabajo, por no mencionar la dignidad de la materia sobre la cual el trabajo se realiza. El capitalismo, en efecto, transforma al trabajo en una condena, en la medida en que torna inútil al sudor y al esfuerzo, ya que muchos invierten, en beneficio de otros, todas las fuerzas de que disponen, sin nada conseguir acumular.

Lo mismo ocurre con la naturaleza, transformada en una especie mágica de depósito, de la cual supuestamente se pueden extraer cosas de forma ininterrumpida, como si la ecologia no obedeciese a un ritmo y a leyes propias.

Si cada brasileño tuviese el derecho de ocupar un pedazo de tierra, redescubriríamos, tal vez, el placer de la vita activa a la que se referían los antiguos, esto es, el placer de transformar y construir, de gozar de los frutos del propio esfuerzo y de descansar bajo la sombra de árboles que plantamos y vimos crecer.

Un país grande y potencialmente tan rico como Brasil no tiene el derecho de continuar dándole a sus ciudadanos una vida mezquina de escasez artificial y esfuerzo sin gloria. Estamos ocupando nuestras áreas rurales despilfarrándola, eliminando exuberantes bosques para darle espacio a rebaños, produciendo soja y maís para alimentar a cerdos y vacas, mientras en las ciudades los brasileños se agotan para obtener dinero, pagando caro por arroz y frijol, como si viviêsemos en una isla pedregosa y tuviésemos que traer alimentos de tierras lejanas. Somos predestinados a la abundancia, pero vivimos en la miseria; nuestro país es grande, pero vivimos comprimidos; nuestra tierra es generosa, pero fuimos alejados de ella.

Hablar en “renta mínima de ciudadania”, frente a este cuadro, es señal de tibieza. Someter a los brasileños a la expropiación, tratándolos como extraños de la tierra en que nacieron y debatir enseguida si debemos tener más o menos asistencialismo equivale a insultar. La controversia en torno de las migajas es una cortina de humo. El verdadero tesoro, mientras los brasileños se disputan en torno a cuestiones menores, continua firme en las manos de un grupo diminuto que se apropió del suelo patrio y después de haber robado tanto cuanto quizo ahora afirma que la propiedad es un derecho sagrado.

De hecho, se trata de un derecho sagrado, profanado soberbiamente por la elite fundiaria que se instaló y se acuarteló en Brasil desde la fundación de las primeras capitanias hereditarias. ¿Que se diria respecto de una persona que fue a una iglesia, robó una reliquia y ahora quisiera hacer uso de ella, dirigiéndole oraciones particulares, como si el objeto le perteneciese con exclusividad? Lo mismo ocurre con la tierra. No fue dada para esto o aquello, sino para que todos tengan vida en abundancia.

Es fundamental destacar que el retorno al campo, no debe ser confundido con un retorno al pasado, esto es, al minifundio, a la quemada, a la mera azada hundiéndola inutilmente sobre el suelo agotado. Al mismo tiempo, un movimiento de este tipo fatalmente  fracasaría si para su ejecución fuesen empleados los métodos utilizados por el Capital para la producción de commodities, ya que tales métodos, en la medida en que requieren, ininterrumpidamente, el agregado a la tierra de insumos industriales – fertilizantes y agrotóxicos – transforman al productor vitaliciamente dependiente de crédito, transformándolo, de esta forma, en una especie de asalariado rural, al servicio de bancos, de fabricantes de semillas y de la industria química.

El retorno al campo, para adquirir un sentido libertario,  necesita tener en cuenta los conocimientos desarrollados en la intersección de la ecologia con la agronomia, con vistas a la garantia de la fertilidad natural de la tierra. con esto se quiere decir que el productor debe encontrar en su propio ambiente los medios para tornar productivo al suelo en el que va a invertir sus fuerzas.

Es digna de nota, en este sentido, la experiencia desarrollada por Ernst Gotsch, en el sur de Bahia, desde mediados de los años 80 (https://vimeo.com/58132389).El modelo establecido por el suízo para la recuperación de suelos degradados es particularmente importante, en la medida en que las tierras abandonas por el Capital son candidatas naturales a servir como espacios para la ejecución de los primeros pasos de la larga marcha de retorno al campo, o sea, de la larga marcha por la reconquista de Brasil.

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