Carlos Leyba, El PRO como continuación

Compartido por Jorge Rulli en Trinchera Por La Liberación Nacional

“Como decíamos ayer” el consenso más poderoso entre los miembros del PRO es el que sostiene el “modelo” estructurante del libre comercio. Y – agregamos en esa misma línea – el demostrado en los hechos es el consenso que continúa la política más importante (por sus consecuencias) del gobierno kirchnerista que fue el acuerdo estratégico con China.
Néstor Kirchner, en los primeros años de su gestión, imaginaba un desembarco de 20 mil millones de dólares procedentes de China. Llegó a decir “entonces mi cuadro, en las oficinas públicas, reemplazará al de San Martín”.

El General San Martín fue nuestro Libertador y todos los demandantes de recursos externos, de los últimos 40 años, sin disponer de un proyecto propio para aplicarlos, han sido nuestros “entregadores”. O lo que es lo mismo los constructores de nuestra dependencia, más allá de los discursos enfáticamente “progres”. Cristina Elisabet fue más allá y formalizó el acuerdo con la economía a la que le vendemos nuestra producción primaria. Ese acuerdo estratégico, con Cristina y que se mantiene ahora con Mauricio, y cuyo iniciador fue Francisco Macri como comisionista, es la repetición, negativamente agravada, del acuerdo Roca- Runciman.

Tenemos enorme déficit comercial con China. Pagamos con productos primarios (más grano de soja pero sin moler) y compramos bienes industriales chinos.
En la práctica, al igual que en la vieja relación con el Imperio Británico que dio lugar al Pacto Roca-Runciman, China busca de la Argentina la exportación de materias primas y la venta de industria. En función de ello participa concretamente en proyectos de aprovechamiento energético (es socio del
yacimiento petrolífero más grande del país en la empresa PAE) y en el desarrollo de un parque eólico en Chubut y en la represa hidroeléctrica Cordón Cliff – La Barrancosa – rebautizada por CFK – y ahora proveyendo dos centrales nucleares.
Se sabe del interés chino en proyectos mineros y en producciones agrícolas. Vinculado a esto esta la compra de grandes cerealeras, instalaciones portuarias y equipamiento ferroviario, etc. Mauricio acaba de dar una confirmación PRO a la visión geopolítica K promovida por el fundador de la “nueva oligarquía de los concesionarios” Franco Macri. Esta opción geopolítica es aceptar el papel de
país proveedor de materias primas a un país competidor en el área industrial.
Cada día se hace más cierto que seguiremos la “suerte de China” que nos seguirá exportando trabajo, sea en forma de insumos industriales, bienes terminados, equipamiento de capital, demorando – al igual que el esquema Roca-Runciman – el desarrollo de nuestra industria, de nuestra burguesía nacional y del proyecto nacional.

En última instancia nuestra moneda de pago seguirá siendo la naturaleza; y la de ellos el trabajo y el capital. Acuerdos para un intercambio desigual. En los viejos tiempos se le llamaba dependencia.

El Príncipe de Gales en febrero de 1933, antes de la firma del Pacto Roca-Runciman, dijo:

“Es exacto decir que el porvenir de la Nación Argentina depende de la carne. Ahora bien: el porvenir de la carne argentina depende quizás enteramente de los mercados del Reino Unido”.

Una precisa definición de qué cosa era nuestra dependencia en aquellos años. Qué producto, qué mercado.

Pero además fue una aclaración acerca que si el porvenir depende de un producto, es decir de la especialización; y si la suerte de este producto depende de un solo mercado, entonces, ambas condiciones son suficientes para que ese país sea dependiente.

La dependencia está asociada a la especialización. Siendo así, la diversificación productiva y comercial forman, sin duda, una condición necesaria para la independencia económica o, lo que es lo mismo, para la capacidad nacional de decidir la estructura de acumulación y distribución que es lo que define a un sistema económico.
Observe el lector que el proceso de acumulación, en aquellos años, estaba estrechamente vinculado a la dependencia de aquél mercado.
El desarrollo, como antítesis de la dependencia, requiere de diversificación de lo que hacemos y de los mercados hacia dónde nuestro productos fluyen. Ferdinand Braudel, el gran revolucionario de la historiografía del siglo XX, concluyó en que “los pueblos son lo que comen”. En economía los países son lo que exportan. Por la fe en el comercio libre y los acuerdos de libre comercio, a la manera requerida por las multinacionales (sin proyecto propio) y por la continuidad en la estrategia geopolítica kirchnerista, el gobierno PRO es una gestión de continuidad que, la experiencia dice, ha sido suficientemente dolorosa.

Dolor que se agrava de manera inconmensurable con las dos centrales nucleares chinas firmadas ahora. Lo del PRO, entonces, no es una novedad. El discurso actual repite las mismas consignas que el de ayer en boca de JA Martínez de Hoz y Domingo F. Cavallo. Y aunque le parezca mentira son las mismas consignas del Presidente chino manifestadas en el discurso principal de la última reunión de Davos. Y los mismos argumentos de CFK.
Las consecuencias de la implementación de aquellas políticas similares, Joe and Mingo, las estamos sufriendo porque nunca hemos vivido un proceso de reversión que nos permitiera retomar el desarrollo. Lo del acuerdo integral con la potencia emergente lo podemos observar con la balanza de pagos. Misma acción mismo resultado.
La experiencia no es muy alentadora y sin embargo el “modelo” y la geopolítica K, son lo que conciertan el mayor consenso en los cuadros del PRO.
Todas las decisiones vinculadas a acuerdos de comercio e inversión son estructurantes y su reversión es muy compleja. Es un consenso dentro del PRO. Y por la parte China es un consenso PRO+K.

¿Quién será el portador de un proyecto propio no dependiente?

La especialización (primaria) produce dependencia y sólo la diversificación genera desarrollo. A ese debate, el más importante para el futuro, le faltan voces.
Donde sí hay debate abierto, dentro del PRO y críticas desde la oposición, es en lo que se refiere a la política macroeconómica. El largo plazo es silencio en la oposición. De un lado del PRO están los gradualistas que tienen el control de las variables fiscales. De este grupo fueron expulsados los más gradualistas que intentaban trascender a un gradualismo monetario.

El gran perdedor de esa línea fue Alfonso Prat Gay. Lo reemplazó un operador fiscal gradualista, que es Nicolás Dujovne, dispuesto a aceptar el no gradualismo en política monetaria, y a convivir alegremente con él. Esos resortes monetarios los tiene apretados Federico Sturzenneger que no es gradualista sino todo lo
contrario. A pura tasa y planchando el tipo de cambio trata de ejecutar sus quiméricas metas de inflación. Los gradualistas fiscales aspiran a lograr que el crecimiento los ayude a incrementar la recaudación y a bajar el gasto.
Dujovne acaba de anunciar el descubrimiento de “un bosque de brotes verdes” dentro del cual, cree, se multiplican las raíces de la expansión. Por ahora el bosque no se ve. O mejor, por ahora en el bosque, Dujovne atraviesa por el síndrome de Caperucita Roja que, en el bosque, camino a casa de la abuelita el “lobo” la convenció de tomar el camino más largo. El camino más largo o el camino lleno de obstáculos que no se remueven. No remover obstáculos es
alargar el camino. Y esa vía es la que optó Nicolás. Los “acelerados monetarios” aspiran a lograr el cumplimiento de las metas de inflación. Pero por ahora las metas de inflación están distantes.

Mientras la inflación baja, pero no tanto; la economía no da señales claras de revivir. Veamos contexto. El déficit fiscal es un cociente que vincula el exceso de gasto por sobre los ingresos públicos en relación al total del PBI.

Hablar de la dinámica del déficit fiscal sin tener en cuenta la dinámica del PBI, es decir, la trayectoria de la actividad económica, es un error y no solamente una simplificación extrema. Cuando la actividad económica declina o se estanca, lo más probable es que la recaudación tributaria mengue. Cuando la economía se atasca o se pone en reversa, lo más probable es que aumenten el gasto público social, compensatorio de la escasez de empleo, que deriva de la parálisis económica. Y que además aumente el empleo público como consecuencia de la presión social que se hace sentir en toda la administración desde el municipio a la Nación.

La caída del PBI y su consecuencia natural de caída de ingresos y la no menos natural demanda social de más recursos, supone un natural aumento del déficit fiscal. Este fenómeno se hace de mayor intensidad cuanto mayor es el tiempo de crisis transcurrido. La presión del gasto crece por la mayor demanda social (empleo, ayuda) derivada de los procesos de expulsión rural (sojización, tecnología) o búsqueda de oportunidades, todo lo cual redunda en creciente
urbanización que, a su vez, significa mayor demanda de empleo y de ayuda por disminución de contención familiar.

Decir “aumentó el déficit fiscal” exige aclarar si lo hizo como consecuencia de la disminución o estancamiento del Producto, o bien como consecuencia de una pura y simple expansión del gasto discrecional no vinculado ni al otorgamiento de empleo o de recursos compensatorios.

Si se tratara de un aumento del déficit con crecimiento del Producto – que no es nuestro caso – podría ser que el Producto crezca como consecuencia de una mayor demanda del sector público que impulsa la producción local. En este caso se trataría de un déficit provocado para crecer. Sería un déficit keynesiano.
Dada la existencia de capacidad ociosa y desempleo, el gasto produce, en ese caso, una recuperación de la actividad y del empleo.

Esa expansión generará los recursos tributarios que permitirán, en la segunda iteración, bajar el déficit cuando la expansión del gasto deje de ser necesaria.
Nosotros estamos en el caso de capacidad ociosa y desempleo en el que este nivel de gasto deficitario no opera como impulso al crecimiento. ¿Por qué?

Primero porque el gasto por asistencia, computado individualmente, apenas compensa las necesidades básicas individuales y no apunta a presionar por la ocupación de la capacidad instalada del sector urbano. Y por lo tanto no genera empleo privado. Sabemos que tenemos un 30 por ciento de personas bajo la línea de pobreza, que no son consumidores, y un 35 por ciento de las personas que trabajan en el área urbana lo hacen “en negro” con muy bajos
salarios y muy baja productividad; y el empleo público – que creció enormemente en la década pasada – adolece de una bajísima productividad.

Estamos en una economía estancada con un amplio sector de consumo básico y baja demanda urbana, con un porcentaje muy elevado de la fuerza de trabajo de baja productividad.

La consecuencia es baja recaudación y gasto público compensatorio creciente.
En esas condiciones el diagnóstico de la causa del déficit es muy importante. Y más importante la manera de reducirlo. Porque el déficit casi siempre es malo.
No lo sería si sirve para crecer y genera, con el crecimiento, su amortización. En ausencia de estrategia de crecimiento, como hoy, no es este el caso.

Este, el actual, es un déficit a “la defensiva”: un déficit para evitar males mayores. Lo dicen con toda claridad los funcionarios del gobierno cuando defienden el “gradualismo” ante los ortodoxos que les reclaman que lo terminen de un saque: “bajen el gasto, los subsidios y las plantas de personal”. El gobierno dice “nos matan”. Se trata de un déficit “a la defensiva”. No lo empezó Mauricio Macri y tiene su origen en la ausencia de una estrategia de crecimiento que se refleja en la baja participación de la tasa de inversión en
la demanda global.

¿Existe un déficit a la ofensiva? Sí. Es el déficit propio de una estrategia de crecimiento. Ese déficit se sustenta a si mismo una vez que la economía se pone en marcha.

El orden de los factores altera el producto. El déficit ofensivo aplicado a crecer, genera recursos que lo compensan. El déficit a la defensiva lleva al estallido ya que si la economía no crece (y el gasto público defensivo no la hace crecer porque no se aplica a la inversión) el déficit no genera retorno. En esa lógica aparece el segundo capítulo de estas políticas. Como el déficit es inevitable ante la amenaza de la crisis, entonces se acude a la deuda. ¿Qué deuda?

El déficit fiscal se puede monetizar mediante crédito de la banca pública o privada. En ese caso se expulsa al sector privado del sistema bancario. El sistema es minúsculo y efectivamente la demanda publica absorbería gran parte del crédito.

Hoy el crédito al sector privado esta en 16 por ciento del PIB. Si el déficit es 6 por ciento, si la banca lo financiara el crédito privado se desplomaría y la caída del PBI sería mayor, y mayor el déficit.

La alternativa 2 sería la emisión pura y simple mediante créditos del BCRA. Esa situación genera expansión monetaria y, en una economía con metas de inflación muy estrictas, lleva a esterilizar la emisión mediante tasa de interés.

El efecto sobre la economía esta ponderado por el hecho que el crédito es escaso y el efecto sobre el crédito, si bien importante, le pega a un factor que solo pesa el 16 por ciento del PIB. Es recesivo pero escaso. De cualquier manera otra vez impacta al PBI negativamente.

La tercera vía es el crédito externo. Los dólares se monetizan y se expande la cantidad de dinero y con metas de inflación, otra vez, aumenta la tasa. Aquí estamos. La tasa, sin política cambiaria activa, incita al ingreso de dólares para el pedal financiero. Eso baja el dólar y genera disminución de Exportaciones y aumento de importaciones y cae el PBI aunque aumente la Demanda Global.

¿Cuál es la respuesta?

En este contexto el Ministro de Trabajo ha generado una propuesta muy positiva como es la de utilizar los subsidios públicos a las personas con falta de empleo como aporte para su incorporación al empleo formal. En 1995, cuando comenzaba el proceso de desempleo, por indicación del Ministro de Interior, le
aportamos, junto con Julio Bárbaro, una propuesta similar a Jorge Triaca (padre) que, por consejo de Roberto Aleman, la desestimó porque “tenía impacto fiscal”.

¿Es lo mismo prevenir que curar?

La cuestión es que antes y ahora, el problema es la ausencia de inversión. Esa es la respuesta. Sin ella el empleo y el crecimiento son efímeros. En este contexto el Frente Renovador ha propuesto, bajando impuestos, abaratar ciertos alimentos. La eliminación de impuestos baja costo privado y aumenta costo público. Es redistributiva. Pero en nada contribuye a combatir la inflación.
La propuesta Triaca baja el costo de contratar, la propuesta FR el costo de consumir. Pero ninguna de las dos apunta al origen del problema que es la bajísima tasa de inversión reproductiva.

Sin políticas de promoción de la inversión y con la amenaza del “modelo PRO” de largo plazo, que incluye atraso cambiario como coordinador de la política macro y el “modelo” más la estrategia geopolítica K+M, no resolveremos ni el déficit fiscal, aunque reemplacemos gradualismo por velocidad; ni la tasa de
inflación, aunque reemplacemos talibanes por administradores civilizados.

Las políticas de promoción de inversión reproductiva no existen y no pueden existir sin “proyecto propio”. Navegamos una vez más al viento del proyecto ajeno. La soja nos empujó por China, el acuerdo estratégico prioriza el interés de esa Nación y el libre comercio ingenuo nos coloca otra vez en estado de
dependencia y como si fuera poco el retraso cambiario y la deuda nos soplan en contra.

El PRO no es cambio sino continuidad y entonces la crónica será la de un final anunciado

Jorge Rulli en Trinchera Por La Liberación Nacional

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