Brasil: La negación de las manifestaciones de Junio, cuatro años después

Recordando las grandes marchas en Brasil de Junio de 2013


Pablo Ortellado, Folha de São Paulo

No entendemos el agujero en que Brasil se metió sin retomar la agenda de las protestas de junio de 2013 y su legado. Junio selló un gran pacto de la sociedad civil brasileña en torno de la defensa de los derechos sociales y del combate a la corrupción. ¿Cómo entonces fue posible que sus desdoblamientos hayan contribuído para llevar al poder a tal vez al más corrupto de nuestros partidos políticos adoptando un programa de gobierno que consiste basicamente en la subtracción de derechos?

Investigaciones señalan que en junio de 2013 algo como 12% de la población brasileña salió a las calles con diversas reivindicaciones todas pueden ser resumidas en dos grandes ejes: derechos sociales (transporte, educación y salud) y combate a la corrupción (en general o especificamente la del Mundial de Fútbol).

En la teoria sociológica se dice que el proceso de movilización social es hecho de círculos concéntricos, cada vez mayores a medida que el entusiasmo diminuye. Para ejemplificar, eso significa que si una paseata lleva 10 mil personas a las calles, ella tendrá, digamos, 50 mil apoyadores activos, que en algun momento pueden llegar a adherir a la protesta; ella contará incluso con 200 mil apoyadores pasivos, que pueden firmar una petición o hablar con los amigos, pero que probablemente no van a salir a las calles y tendrá, por fin, un o dos millones de personas que sólo tienen una opinión coincidente con quien se movilizó.

En junio de 2013, como 24 millones de brasileños tomaron las calles, el número de apoyadores seguramente fue del orden de decenas de millones de personas y quienes estaban de acuerdo con la demanda de las protestas fue de casi toda la población, como, por otro lado, lo prueban todas las investigaciones realizadas en aquel momento. Una aprobación de esta magnitud forja un compromiso profundo, un verdadero pacto social.

Junio de 2013 es, así, el pacto que respaldó y confirmó el contenido social de la Constitución de 1988 al mismo tiempo en que rechazó el modus operandi de las fuerzas que disputaban la dirección del Estado, basado en la subtración de recursos públicos para fines electorales o privados. Junio es un levante de la sociedad civil contra el Estado en defensa de sus derechos que arrancó, por medio de la movilización en las calles, la reducción del precio de los pasajes de transporte y un conjunto de medidas legislativas que facilitaron el combate a la corrupción.

Lo que vimos después de Junio es como se recuperaron de este peligroso levante popular. Viejas y nuevas fuerzas políticas retomaron el control de la sociedad civil explotando uno de los ejes de las protestas: la izquierda se promocionó como la campeona de los derechos sociales y la derecha, la paladina del combate a la corrupción. Con esto, las fuerzas políticas partieron al medio el contenido reivindicatorio de Junio, debilitando y doblando a la sociedad civil, colocando una mitad contra otra, en una lucha fratricida que sólo favoreció a la clase política como un todo.

De un lado, la izquierda de la sociedad civil, engañada por los partidos, fue llevada a creer que los que se indignaban con la corrupción no pasaban de cínicos que, en el fondo, sólo querian revertir las conquistas sociales de los años Lula. Del otro lado, nuevos y viejos lideres políticos se hacían los indignados con la corrupción haciendo creer que toda la izquierda era compuesta de petistas [del Partido de los Trabajadores, PT de Dilma-Lula] sin carácter que defendían la corrupción. Y mientras tanto, en la base, la sociedad se polarizaba en una guerra sin propósito entre los puros y los justos, en la cima, la pragmática clase política respiraba aliviada con la sobrevida que había conquistado por el debilitamiento de los de abajo.

Es este debilitamiento generado por el conflicto en la sociedad civil el que explica como, a despecho del gran consenso en torno de los servicios públicos y del combate a la corrupción, el desdoblamiento de las protestas permitió que emergiera su opuesto: la ascensión de nuestro peor partido político con la misión de limitar los servicios públicos y encontrar algun tipo de salvaguardia contra las investigaciones de la Lava Jato.

Divididos, no tenemos fuerza para imponer la agenda de la sociedad como hicimos en 2013. Y mientras nos peleamos, la clase política aprovecha nuestra debilidad para transformar el legado de junio de 2013 en lo contrario.

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