Brasil: Dejar que se rompa

Brasil No Puede Parar, la campaña de la Red Globo y de Acción Empresarial para que no se cuestionen las reformas políticas del gobierno Temer:

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Folha de São Paulo

Por Vladimir Safatle

Alguien necesita salvar a Brasil de sus salvadores. En este momento en que, por primera vez en su historia, el país tiene un presidente en ejercicio denunciado por crímenes, es sintomática la cantidad de voces ocupando la prensa con el propósito de hablar de la “responsabilidad con la nación”, del “tenemos un compromiso con el país”, del “no podemos dejar al país parar”.

Tales voces son sustentadas por un coro de analistas, jueces y periodistas que entonan la cantinela de “no debemos descalificar a la política”, de “es peligroso cuando un pueblo ya no cree más en la política”.

Pero estos que hablan así no son exactamente parte de la solución. Ellos son parte del problema. Hay un ejercicio de traducción que se hace actualmente necesario cuando se escuchan afirmaciones como estas. Pués donde se lee “tenemos que tener responsabilidad con la nación”, debe leerse, por favor, “dejemos que los negocios continúen como siempre y dejemos al poder en las manos de los que siempre lo tuvieron”.

Ya donde se lee: “no debemos descalificar a la política”, entienda: “continúen creyendo en las instituciones deterioradas de la república y sus ocupantes”. O en lugar de: “es peligroso cuando un pueblo ya no cree más en la política”, entienda: “las acusaciones están llegando muy cerca de mí”.

Sin embargo, lo mejor que le puede pasar a Brasil en este momento es, de cierta forma, dejar que todo se rompa. La conciencia de que el país entró en colapso y de que ninguna de sus instituciones funciona de manera minimamente adecuada puede ser la única salida real del fracaso.

El filósofo Theodor Adorno afirmó una vez: “El miedo del caos, en música como en psicologia social, es sobreestimado”. Esto vale para nosotros en este momento.

Muchos temen el avance de un protofascismo abierto o del populismo conservador que asusta a Brasil desde los idos de Jânio Quadros. Pero la única forma efectiva de combatirlos es tomar de ellos el discurso de la ruptura e ir en dirección a una ruptura real, en vez de dejarse absorver por estos simulacros producidos por la asociación explícita de “nuevas figuras” con la antigua línea de comando de la economia nacional.

Están también aquellos que reclaman del vacío político. Ellos dicen que no hay fuerza de ninguna transformación en el horizonte y, por eso, cualquier movimiento brusco será aún peor.

Pero es evidente que tal “vacío” tiene una función clara: paralizar toda demanda social a través de un razonamiento: “O es esto que tenemos o es el vacío, el caos”. Aquellos que se sirven de este razonamiento actúan como alguien que no sale de una casa en llamas por no tener una casa nueva.

Sin embargo, sólo es posible construir otra casa cuando se decide salir de la antigua. Sólo cuando los ladrillos de la antigua fuesen dejados para atrás, el vacío desaparecerá. Hay una creación inmanente de política en el interior de la vida social. El vacío es sólo una ilusión que viene de la fijación en un tiempo arruinado.

En este sentido, no es verdad que estaríamos ahora frente al riesgo de la descalificación general de la política. De cierta forma, la verdad es que la política ya no existe hace mucho en nuestro país. El discurso gerencial, que es el discurso antipolítico por excelencia, ya fue utilizado en la primera elección de Dilma Rousseff. Política es indisociable del ejercicio irrestricto de la soberania popular y esto, hay que ser honestos, nunca ocurrió en Brasil.

Pero la estrategia actual consiste en amedrentar a la población con el discurso del futuro caótico, en vez de permitir que la imaginación política actúe y crea lo que el país aún no sabe como hacer existir. Si esto continúa, en lugar de una destrucción creadora tendremos sólo una desagregación sin fin.

No se puede temer que todo quede estancado para que el país entre en movimiento con nuevos ritmos, nuevas intensidades.

No tenemos otra salida a no ser terminar lo que no quiere morir, recusar un acuerdo espurio más y confiar en nuestra propia capacidad. Pero la confianza en el pueblo es algo que el poder en Brasil siempre buscó impedir.

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