Están aprendiendo a naturalizar una de las peores cosas que decidimos hasta ahora: que los animales son cosas, engranajes de una fábrica que da huevos, y que ellos no tienen que sentir nada al respecto.

Son muchas las empresas de alimentos norteamericanas que anunciaron que van a dejar de utilizar huevos que provengan de gallinas encerradas en jaulas batería, y en la mayor parte de Europa están prohibidos hace años. Así se llama el infierno en donde los animales pasan toda su vida, unos 3 o 4 años, encerradas juntas, de a muchas, sin espacio para hacer otra cosa que intentar sacar la cabeza por entre los barrotes, hasta quedar todas llagadas, caminar una por encima de la otra y, claro, poner casi un huevo por día. Un día larguísimo y una noche corta armado todo con luz artificial. Cuando las gallinas bajan su producción se les quitan la comida y el agua durante unas semanas, y a las que sobrevivieron al proceso, cuando están por morir, esqueléticas y rendidas, se les devuelven sus raciones. El ayuno forzado las vuelve productivas nuevamente. Es tal el estrés que padecen que si no les cortaran los picos se comerían unas a otras.

El sistema de producción intensiva avícola creció como todo el agronegocio, a espaldas de las personas que comían sus huevos sin saber. Cuando se empezó a conocer pasó lo que muchas veces: nadie quería ser cómplice y el asunto empezó a moverse hacia la transformación del sistema que ni siquiera es barato. Los huevos lo son, es cierto, pero para las gallinas el precio es carísimo y para los que trabajan en el lugar y para los que viven alrededor también: pagan con su salud respirar el aire irrespirable de miles de animales hacinados juntos y los venenos con los que eliminan las plagas que surgen. Estar más enfermo es caro, que el aire y la tierra se contaminen también, que la calidad de los alimentos se degrade otro tanto, pero en el esquema de negocio esas son todas externalidades que nadie contempla.
Haciendo Malcomidos un productor me dijo algo así: “Si pensáramos en el precio justo de los alimentos sanos los productores ganaríamos mejor y el sistema funcionaría mejor”. No se trata de pensar un par de emprendimientos orgánicos, se trata de dar vuelta este desastre, empezar con varias cosas otra vez, tomarse ese trabajo.
En un contexto así de complejo aparece esta nota: una escuela, chicos en una ciudad rural, con todo su entusiasmo (y mucho altruismo también) que sin saberlo están aprendiendo a naturalizar una de las peores cosas que decidimos hasta ahora: que los animales son cosas, engranajes de una fábrica que da huevos, y que ellos no tienen que sentir nada al respecto.

“El galpón de las gallinas tiene 18 metros de frente por 22 de fondo. Las aves están encerradas en jaulas, de a tres. Sobre ellas hay lámparas que se encienden cuando no hay claridad y con las que garantizan 16 horas de luz al día. A ningún alumno lo asombra ni incomoda el lugar. Dos chicas cuentan que aunque saben que les cortaron el pico para que no se lastimen entre ellas, a veces se asustan cuando alguna les tira un picotazo”, dice la nota.

Y por las dudas aclara:

“Nunca nadie dijo sentirse mal por las gallinas. Igual ponemos tres por jaula en lugar de cinco, como se suele hacer en el sector. Y hablamos mucho del bienestar animal.”
“No se me pasó por la cabeza preguntarme si estaba bien que se les enseñe a trabajar en galpones de ponedoras porque esa es la forma en la que se produce. Son dudas que no surgen en el campo”, dice un político que apoya este emprendimiento.

Pero es mentira. Es mentira que no hay productores con dudas y lo mismo profesores y estudiantes de escuelas agrarias.

Gracias a mi trabajo tuve y tengo oportunidad de viajar con frecuencia y hablar con muchísimos de ellos y la información cada vez es más y las ganas de hacer algo mejor también.

Aunque no es fácil en varias escuelas agrarias se trabaja con agroecología con el propósito de gestar un mundo mejor, donde no haga falta tanta ayuda social porque la agricultura inteligente también da más autonomía y más oportunidades.

Soledad Barruti en Mal Comidos Oficial


Ayacucho: la escuela que, con su producción avícola, abastece a un pueblo

Desde 2015, los alumnos crían 1800 gallinas ponedoras que proveen de más de 1000 huevos díarios a 8000 familias; además donan al hospital y a 10 comedores escolares

Toda la nota en La Nación


Y algo más que dice la nota que me llamó la atención:

“Lo que más se produce acá es ternera. Pero hay campos chicos, de menos de 300 hectáreas, que sólo con vacas no son rentables, y muchas tierras agotadas por la soja que necesitan volver a ser productivas. Pero nadie cría ponedoras. Eso es lo que queremos cambiar”, explica el profesor Aníbal Arrabit.


Muchas tierras agotadas por la soja…

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