¿Y si ya vivimos en la distopía?, ¿Si el fin del mundo ya llegó?

hayunmundo


“Una distopía​ o antiutopía es una sociedad ficticia indeseable en sí misma.1​ Esta sociedad distópica suele ser introducida mediante una novela, ensayo, cómic, serie televisiva, videojuego o película.”

“Distopía o cacotopía son términos antónimos de eutopía, significando una «utopía negativa», donde la realidad transcurre en términos antitéticos a los de una sociedad ideal, representando una sociedad hipotética indeseable.”

Wikipedia


William Gibson se pregunta el porqué nos atraen tanto las distopias:

“¿Por qué crees que nosotros, como cultura, estamos tan interminablemente obsesionados con las historias sobre los intentos de última hora para evitar el fin del mundo?
El fin del mundo es una abreviatura universal para lo que no queremos que suceda. Tenemos muy poco control sobre cualquier cosa individualmente, así que las fantasías de afrontar el fin del mundo son fantasías bastante benignas de agilidad creciente.

¿A qué futuro siniestro le temes más? ¿A una distopía brutal? ¿A una tierra desolada? ¿A una guerra mundial caótica?

No pienso en esos como estados muy distintos. Ciertamente es posible tener los tres a la vez.”

Hay quienes dicen que la ficción distópica y apocalíptica son masturbatorias; Que nos aplacan con la catarsis cuando necesitamos ser agitados para la acción para prevenir el colapso de la vida real de la civilización. ¿Hasta qué punto estás de acuerdo con esa perspectiva?

Mucha de la población humana del planeta, hoy, vive en condiciones que muchos habitantes de Norteamérica considerarían como distópica. Muy pocos ciudadanos de los Estados Unidos viven bajo condiciones que muchas personas consideran como distópica. La distopía no está muy distribuida. La fantasía es divertida, pero el naturalismo es el equilibrio necesario – el realismo, para ser menos preciso. La ficción naturalista escrita hoy es necesariamente bastante pesimista; de lo contrario, no sería una representación realista del presente. Si fueras, digamos, un tigre, y supieras lo que está a punto de sucederle a tu especie (extinción, casi con toda seguridad), ¿no sería realista tener una visión pesimista de las cosas? Creo que es realista, como humano, tener una visión pesimista de un mundo sin tigres.

¿Cuáles son algunas de sus obras favoritas de ficción apocalíptica y / o distópica?
Pavana y Los Gigantes de Caliza , ambos del escritor británico de ciencia ficción Keith Roberts, ambos post-nucleares; Y La Alteración de Kingsley Amis, un mundo católico en el que la Reforma no ocurrió.

Toda la entrevista en inglés


Gibson no recuerda a los indios, los campesinos que fueron expulsados por el cercamiento de sus tierras, los obreros que se están quedando afuera del mercado laboral…Tantos que sentimos que nos estamos extinguiendo y que nos preguntamos qué le vamos a dejar a nuestros hijos…
Sobre los indios Eduardo Viveiros de Castro comenta:

“Algunos pueblos indígenas son como “especialistas en el fin del mundo”, porque muchos – desde los Guarani, en Brasil, a los Mayas, en México – experimentan (o ya experimentaron) la destrucción de sus mundos: “Los Guarani se tornaron un símbolo concreto de la ofensiva final contra los pueblos indígenas en Brasil, a la que estamos asistiendo. Y su mundo – ese mundo del que hablaba Nimuendajú, el mundo de la creación y destrucción – está de hecho, aparentemente, terminando. Aunque ese mundo no se vá a terminar así tan facilmente como ciertos actores, ciertos gobiernos desean, el hecho es que si alguuna tiene algún sentido hoy es la conexión entre la expresión ‘destrucción del mundo’ y el etnónimo ‘guarani’”,

Instituto Socio-Ambiental

“Y en el libro que escribió con Déborah Danowski ¿Hay mundo por venir?. hay varios fragmentos donde se cuenta este apocalipsis, este fin del mundo:

“Otro ejemplo de un mundo que se vacía de a poco, dejando a los humanos patéticamente desamparados, es el espléndido film de Béla Tarr, El caballo de Turín.
Los protagonistas son –íbamos a decir una pareja como en The Road o en 4:44, pero aquí son tres– un viejo parcialmente inválido, su hija adulta, y un caballo de carromato de familia (¿el caballo que desencadena la crisis de Nietzsche en Turín?),
habitantes de una terreno minúsculo y miserable, perdido en una estepa barrida por el viento. El fin del mundo de los campesinos de Tarr es un desecamiento mas que una descomposición. Es un viento ápero y estéril que aúlla sin cesar, soplando hojas muertas y polvo contra la cabaña de piedra; es un pozo que se seca, dejando de bombear agua; el caballo que inexplicablemente deja de alimentarse –el caballo, bestia apocalíptica, como en Melancholia –; la poca luz que se apaga, por falta de combustible; es la comunicación que va insidiosamente extinguiendo entre padre e hija, que luego ya no se hablan, ni se miran, preriendo contemplar, estáticos y mudos, el mundo desecado. Y, sobretodo, la repetición desnuda, ciega, maquinal, inútil en su pura instrumentalidad, de las acciones cotidianas que van desanimando
a los personajes, en un sentido lo mas literal posible. Primero el caballo, y luego el viejo y su hija, se quedan inmóviles, los dos sentados a la mesa en la cabaña oscura, delante de su invariable comida –dos papas, una para cada uno, ahora crudas, por falta de agua y fuego, que permanecen intocadas mientras el lm termina en un lento
fade out. Como en Melancholia (y en El Ángel Exterminador), el tema del fracaso en salir del círculo mágico de la depresión marca un cambio de la (in)acción. Frente al agotamiento del pozo, los personajes parten, empujando ellos mismo el carromato y el caballo sin fuerzas, en busca de la ciudad vecina pero vuelven, inexplicablemente, después de algunos minutos (¿horas? ¿días?), entregándose de una vez a una parálisis que se va esparciendo y contaminando todo (recordemos que el viejo padre tiene un brazo paralizado), vencidas por un mundo el mismo catatónico.

El Caballo de Turín puede ser visto como desarrollando una equivalente cosmológico del tema de la banalidad del mal. El n del mundo, para Tarr, no será un espectáculo dantesco, sino un decaimiento fractal, incremental, una desaparición lenta e imperceptible, pero tan completa que consigue hacerse desaparecer a sí misma frente a nuestros ojos que se van cegando poco a poco:

El apocalipisis es una acontecimiento enorme.
Pero en realidad no es así. En mi film, el fin del
mundo es muy silencioso, muy débil. El fin del
mundo llega como lo veo llegar en la vida real –
lenta y silenciosamente. La muerte es siem-
pre una escena más terrible, y cuando ves a al-
guien morir –un animal o un humano– es siem-
pre terrible, y la cosa más terrible es que parece
que nada sucedió

Nada sucedió –sólo estamos muertos

¿Hay mundo por venir? es un pdf


” En su más reciente libro sobre el fin del mundo, Eduardo Viveiros de Castro y Débora Danowski defienden una ecología política del ralentamiento, de la indecisión, de la atención. Contra el aceleracionismo, el ralentamiento cosmpolítico, una frenada, una suspensión. En la película Melancolía (Lars Von Trier, 2011), los pocos que se dan cuenta de lo que viene se refugian en una cabaña hecha de ramas, que no los protegerá del evento irreversible, de la colisión de un astro que viene del espacio, sino a través de un ritual que hará del choque un acontecimiento en el sentido fuerte de la palabra. Dicen ellos: “la cabaña es la única cosa, en ese momento, de transformar el efecto inescapable del choque en un acontecimiento, en el sentido que Delezue-Guattari imprimen a ese concepto: ‘la parte, en un todo que acontece, de lo que escapa a su propia actualización’”. Allí, en aquella cabaña casi puramente virtual, lo que está pasando, o pase, es una operación de desaceleración, de ralentamiento… Sí, es la huella de un ritual, de un devenir-indio en esta reacción. Pero como ellos dicen: los pueblos autóctonos del continente americano –los colectivos de humanos y no humanos cuya historia remonta a milenios antes del choque con el planeta Mercancía- son solamente una pequeña parte de la Resistencia Terrana contemporánea, ese amplio movimiento clandestino que apenas comienza a tornarse visible en un planeta invadido por los Modernos: en África, en Oceanía, en Mongolia, en los callejones y sótanos de la Fortaleza Europa. Ellos no están realmente en la posición de liderar ningún combate final, ninguna Armagedón cosmopolítica: y hasta sería ridículo imaginarlos como la semilla de una nueva Mayoría. No esperamos, sobre todo, que ellos, si pudiesen, corrieran a salvarnos –a redimir o a justificar- a los Humanos que los persiguen implacablemente hace cinco siglos… Una cosa es clara: los colectivos amerindios, con sus poblaciones comparativamente modestas, sus tecnologías relativamente simples pero abiertas a agenciamientos sincréticos de alta intensidad, son una “figuración del futuro”, no una supervivencia del pasado. Maestros del bricolaje tecnoprimitivista y de la metamorfosis político metafísica, ellos son una de las chances posibles, en verdad, de subsistencia del futuro. Hablar del fin del mundo es hablar de la necesidad de imaginar, antes que de un nuevo mundo en lugar de este nuestro mundo presente, de un nuevo pueblo; el pueblo que falta: “un pueblo que crea en el mundo que deberá crear, con lo que de mundo dejamos a él” (Danowski, Viveiros de Castro, 2014, p. 159).

En un momento en que Gaia hace la irrupción en pleno Antropoceno, esto es, en una época en que la Tierra y sus intérpretes, humanos y no-humanos, redes, colectivos, pueblos, perspectivas, animismos, como que se sublevan contra la dominación universal del hombre, contra su progreso y racionalidad, narcisismo, capitalismo y destrucción, los autores retoman la idea de Bruno Latour sobre la guerra de dos mundos: por un lado, el pueblo de Gaia, esto es, los Terranos, por otro, los mencionados Modernos, aquellos que negaron la Tierra, esto es, los Humanos, nosotros, occidentales, americanos, chinos, brasileros, indios. Y en la conclusión, los autores insisten que es momento de hacer que los humanos reconozcan que ellos no son responsables por los Terranos, pero sí son responsables frente a ellos. “No hay negociación posible sin esa admisión, no habrá composición indisociable con Gaia si no nos convencemos primero de que no hay composición posible con la lógica absolutamente no civilizable del capitalismo”.

La Tierra, La Guerra, La Insurrección

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