Pleno empleo y trabajo decente o Renta Básica de Ciudadania, artículo de José Eustáquio Diniz Alves

Fuente: Ecodebate

La satisfacción radica en el esfuerzo, no en el logro.”

Mahatma Gandhi

[EcoDebate] La bandera del pleno empleo y el trabajo decente ya está reconocida y establecida en la legislación nacional e internacional. La Renta Básica de Ciudadanía aún es una promesa, una buena promesa si viene para fortalecer la autonomia individual y empoderar a la sociedad civil. Pero puede ser una idea equivocada si viene para reforzar el estatismo ineficiente y para vacíar la lucha por la universalización del trabajo digno.

Desde el punto de vista de los derechos, la idea del pleno empleo y del trabajo decente ya estaba presente en el Art. 23º de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, de 1948, que establece lo siguiente:

Toda persona tiene derecho al trabajo, a la libre elección del trabajo, a condiciones equitativas y satisfactorias de trabajo y a la protección contra el desempleo. Todos tienen derecho, sin ninguna discriminación, a un salario igual por trabajo igual”.

La Constitución Federal de Brasil, de 1988, en el Artículo 6º establece al trabajo como un derecho fundamental:

“Son derechos sociales a la educación, la salud, la alimentación, el trabajo, la vivienda, el transporte, el ocio, la seguridad, la previdencia social, la protección a la maternidad y a la infancia, la asistencia a los desamparados, en la forma de esta Constitución”.

El “Art. 7º

Son derechos de los trabajadores urbanos y rurales, además de otros que busquen la mejoria de su condición social”

enumera a más de 30 items en defensa del trabajo decente.

La meta 1b de los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM) convoca a los países a:

Alcanzar el pleno empleo productivo y el trabajo decente para todos, incluyendo a mujeres y jóvenes

. Esta meta 1B fue agregada en la Cúpula del Milênio + 5 luego del reconocimiento de que el pleno empleo y el trabajo decente son fundamentales para la erradicación de la pobreza y del hambre. La meta 8 de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) dice:

ODS8. Promover el crecimiento económico sustentado, inclusivo y sustentable, empleo pleno y productivo, y trabajo decente para todos”.

La Organización Internacional del Trabajo (OIT) considera que la bandera del trabajo decente tiene como objetivo principal mejorar a las condiciones de vida de todos los ciudadanos y ciudadanas, creando:

  • oportunidades para encontrar un empleo que sea productivo y proporcione un rendimiento justo y que les garantice a ellos y a sus familias desfrutar de una calidad de vida decente;
  • libertad para elegir el trabajo y la libre participación en actividades sindicales;
  • condiciones para que los trabajadores puedan ser tratados de forma justa, sin discriminación y que sean capaces de conciliar trabajo y responsabilidades familiares;
  • condiciones de seguridad para proteger la salud de los trabajadores y proporcionarles la protección social adecuada;
  • condiciones de dignidad humana para que todos los trabajadores sean tratados con respeto y puedan participar en la toma de decisión sobre sus condiciones de trabajo.

Evidentemente, es difícil garantizar el empleo para todas las personas en edad productiva y garantizar todos los derechos laborales para todos los trabajadores. Pero, si la bandera del “Pleno empleo y el trabajo decente” fuese colocada en práctica y si la sociedad, con un buen sistema de protección social, garantizara la educación y la salud universal y de buena calidad para toda la población, entonces ¿dónde se encaja la propuesta de “Renta básica de ciudadanía”?

Bueno, si la renta básica de ciudadanía fuese entendida como una política pública de transferencia de renta enfocada para la reducción de las desigualdades y de la pobreza, ella se justifica por la necesidad de corregir las “externalidades del mercado” y debido a la posibilidad de incentivar la solidariedad ciudadana y la búsqueda de la movilidad social ascendente, en un contexto de mejoría colectiva de la sociedad. Especificamente, las políticas de transferencia de rentas para niños carentes son importantes para romper con el ciclo intergeneracional de pobreza y garantizar una sociedad más igualitaria con oportunidades para todos.

Pero, para Philippe Van Parijs (2000) la “Renta básica es una renta pagada por una comunidad política a todos sus miembros individualmente, independientemente de su situación financiera o exigencia de trabajo”. La renta básica debe ser suficiente para atender las necesidades básicas de cada persona y debe ser constituída por un beneficio igual para todas las personas, independientemente de su origen, sexo, edad, raza/color, religión, estado civil y condición socioeconómica.

Para el autor, la propuesta tiene varias características:

  1. una renta básica es pagada en dinero efectivo;
  2. la renta básica es pagada de forma regular;
  3. es pagada por una comunidad política;
  4. para todos sus miembros;
  5. individualmente;
  6. sin verificación de su situación financiera;
  7. sin exigencia de trabajo.

En este caso se trata de una renta básica de ciudadanía universal e incondicional. Evidentemente, existen varios cuestionamientos, como la falta de sentido que una clase de personas ricas cobren este tipo de beneficio, o el mismo valor del beneficio. Por ejemplo, la municipalidad de Maricá (la ciudad del Estado de Rio de Janeiro que fue ofendida por Eduardo Paes) instituyó una renta básica, pero tan básica, que es una fracción del valor promedio del Programa Bolsa Família. La crisis fiscal de Rio de Janeiro inviabiliza cualquier posibilidad de elevar este valor o universalizar el beneficio.

Lo que más genera polémica son las fuentes de financiación de la renta básica de ciudadanía. En la propuesta de Thomas Paine (en el libro Agrarian Justice, de 1795) el fondo de ciudadanía vendria de tasar la renta de la tierra (o sea, de tasar a los latifundistas) y no seria una renta universal, sino que serviria para apoyar a los ancianos y proporcionar una renta a los jóvenes para que ellos pudiesen, autónomamente, establecerse en la economia y formar sus familias sin caer en la trampa de la pobreza.

En Alaska, en los Estados Unidos, la renta básica de ciudadanía es financiada por la explotación de petróleo. Como Alaska es un estado muy frio, con una población muy pequeña (750 mil habitantes) y una bajísima densidad demográfica (0,5 hab/km2), los royalties del petróleo sirven para alimentar a un fondo de ciudadanía que viabiliza a la renta básica. Evidentemente, este esquema tiene varias limitaciones:

  1. el petróleo es finito y un día inviabilizará la continuidad de la renta básica;
  2. el petróleo es una fuente de energia contaminadora y contribuye con el aumento del calentamiento global y el deshielo del permafrost.

El ejemplo de Alaska puede ser bueno para las pocas personas que viven allá, pero es pésimo para los 7,5 mil millones de habitantes del mundo que ya están sintiendo las consecuencias del efecto estufa. Para el medio ambiente, la renta básica de ciudadanía de Alaska es pésima, pués el mundo necesita de desinversión en combustibles fósiles.

El ejemplo anterior sirve para alertar sobre los problemas de financiar a la renta básica de ciudadanía con la riqueza de la madre naturaleza, pués el peligro es empeorar el conflicto entre el bienestar humano y el malestar ambiental.

Por otro lado, financiar la renta básica de ciudadanía con el aumento de impuestos depende de la capacidad productiva de la economia. En el caso brasileño, este camino queda obstaculizado a causa de la excesiva carga tributaria brasileña y por los elevados déficits primario y nominal, además de una deuda pública que se encamina para el 100% del PBI. Para complicar las cosas, Brasil tiene más de 13 millones de personas en situación de desempleo abierto y más de 26 millones de personas en el concepto más amplio de desempleo (que incluye al desempleo oculto, desaliento, etc.).

Por lo tanto, querer viabilizar un programa de renta básica de ciudadanía en vez de garantizar al pleno empleo y el trabajo decente, parece un despropósito que no se sustenta, ni en las debilidades de las cuentas públicasm ni en la perspectiva de empoderamiento del proletariado urbano y rural.

Algunos críticos consideran que la propuesta de renta básica puede tener el efecto indeseado de debilitar la lucha contra el desempleo y contra las malas condiciones de trabajo. Si los trabajadores se fortalecen para conseguir un mayor porcentaje de la producción el conflicto distributivo se dá via lucha de clase y no como ]benesse del Estado.

Una renta básica universal desde el nacimiento a la tumba podria disminuir las necesidades de interacción social, debilitando los lazos de solidariedad (ya debilitados por la tecnologia de comunicación digital) y disminuyendo el reconocimiento de las personas en el proceso de producción de bienes y servicios. De hecho, el programa de lucha contra el hambre, de Betinho, en la década del 90, generaba mucha más movilización y empatia social que el Programa Bolsa Família (PBF), que es más burocratizado y no viabiliza la autogestión de los recursos.

Evidentemente, el PBF cumple un papel importante en el sentido de transferir renta para los sectores extremadamente pobres de la población y disminuir el hambre y la desnutrición. Pero falta mucho para romper con la perpetuación del ciclo intergeneracional de pobreza y de mayor autonomia de las mujeres. El artículo de Souza y Walternberg (2016) muestra que el PBF refuerza los papeles tradicionales de género y que no contribuye para el empoderamiento femenino.

Es difícil empoderar a personas que no están insertadas en el proceso de creación de “riqueza”. Por las enseñanzas de la economia clásica, el trabajo humano es la verdadera fuente de valor y la via fundamental de bienestar de las personas y de las naciones. Cambiar al pleno empleo por una renta básica de ciudadanía no seria el mejor camino para el fortalecimiento de la clase trabajadora y para la toma de consciencia de clase, por más difusa que sea la configuración clasista.

El fin del empleo “tradicional” (especialmente el industrial tradicional) no significa el fin del trabajo, incluso en una sociedad pós-industrial. El proletariado clásico de la 2ª Revolución Industrial ya no existe más. El trabajo se transformó. Sin embargo, no pasa de una ilusión cambiar la centralidad del trabajo por la centralidad de la transferencia de rentas.

Tal vez una alternativa aceptable fuese la combinación creativa de las dos alternativas en el sentido de fortalecer a la sociedad civil, permitiendo la autogestión y la mayor autonomia de los trabajadores. Todavía en el espíritu de la obra de Thomas Paine, en el famoso libro Sentido Comun (1776, p. 27) él dejó el alerta libertario y cercano a al anarquismo:

“La sociedad, en cualquier estado, es una bendición, mientras que el gobierno, incluso en su mejor estado, no es más que un mal necesario; y, en su peor estado, es un mal intolerable”.

Referencias:

Philippe Van Parijs. Renta básica: renta mínima garantizada para el siglo XXI? Estudios Avanzados, 14 (40), 2000 http://www.scielo.br/pdf/ea/v14n40/v14n40a17.pdf

Thomas Paine. Sentido Comun (original de 1776), Martin Claret, 2012

SOUZA, L. P. WALTENBERG, F. D. Bolsa Família y asimetrias de género: ¿refuerzo o mitigación? R. bras. Est. Pop., Rio de Janeiro, v.33, n.3, p.517-539, set/dez. 2016

https://www.rebep.org.br/revista/article/view/826

José Eustáquio Diniz Alves, Columnista del Portal EcoDebate, es Doctor en demografia y profesor titular del maestrado y doctorado en Población, Territorio y Estacísticas Públicas de la Escola Nacional de Ciências Estatísticas – ENCE/IBGE; Presenta sus puntos de vista en carácter personal. E-mail: jed_alves@yahoo.com.br

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