Como la izquierda brasileña murió

Vladimir Safatle

Este es un artículo que me gustaría no haberlo escrito y no tengo ningún placer en hacer enunciaciones como la que le da cuerpo al título. Sin embargo, tal vez no haya nada más adecuado a decir respecto a la situación política brasileña actual, después de un año de Gobierno Jair Bolsonaro y la consolidación de su apoyo entre alrededor de un tercio de los electores. Aquellos que creen en alguma forma de colapso del Gobierno y de su base necesitan rever sus análisis.

Lo que vimos fue, en verdad, otro tipo de fenómeno, a saber, la inoperancia completa de lo que un día fue llamado de “la izquierda brasileña” como fuerza opositora. No es que se trate de afirmar que ella está frente a su fin puro y simple. Mejor seria decir que un largo ciclo que se confunde con su propia historia termina ahora. Lo peor que puede suceder en estos casos es “no tomar conciencia de su propio fin” repitiendo así una situación que recuerda a cierto sueño descripto una vez por Freud en el que un padre muerto continúa actuando como si estuviera vivo. La angustia del sueño viene del hecho de que el padre esta muerto y no quiere saber sobre esto. Si la izquierda brasileña no quiere ver a su muerte definitiva como destino, seria importante preguntarse sobre cuál es este ciclo que termina, que representó, cuáles son sus límites.

No faltaron signos para tal diagnóstico terminal. Al contrario del discurso de que el Gobierno Bolsonaro estaria paralizado, vimos lo contrario la aprobación de medidas hasta hace poco tiempo impensables, como la reforma previdencil, esto sin ninguna resistencia digna de este nombre. O sea, la mayor derrota de la historia de la clase trabajadora brasileña fue hecha sin que ni siquiera se anotara el número de la chapa del auto responsable por el atropello. Una reforma de la misma naturaleza, pero menos brutal, se está intentando imponer en Francia. El resultado es una secuencia de huelgas y manifestaciones que ya llega a su tercer mes. En verdad, lo que vimos en Brasil fue lo contrario, a saber, gobiernos de los estados supuestamente de izquierda aplicar reformas estructuralmente semejantes. Como si fuera el caso de decir que, al final, gobierno y oposición comulgan con la misma cartilla, siendo sólo distinta la forma y la intensidad de su implementación. Hecho que ya habíamos visto en el segundo Gobierno Dilma y su guiño neoliberal capitaneado por Joaquim Levy [el ministro de economía de Dilma, funcionario del Banco Mundial y neoliberal]

Esto es sólo un síntoma de que a la izquierda brasileña no es más capaz de imponer otro horizonte económico-político. Durante todo el año de 2019, frente a un Gobierno cuyas políticas buscan la recuperación, en clave autoritaria, de los procesos de concentración de rentas, de acumulación primitiva y de extractivismo colonial, no fueron pocos aquellos que esperaron de la izquierda brasileña (todos los partidos e instituciones incluídas) la expresión de otro tipo de política. La izquierda gobierna estados, municipios grandes y pequeños, pero de ninguno de ellos salió un conjunto de políticas que fuese capaz de indicar la viabilidad de rupturas estructurales con el modelo neoliberal que nos es impuesto ahora. Hubo una época en que la izquierda, incluso sólo gobernando municipios, conseguia obligar al país a discutir pautas sobre políticas sociales innovadoras, reparto del poder y modificación de procesos productivos. No hay ni siquiera sobras de esto ahora.

Tal vez sea el caso de insistir en este punto porque, como decía Maquiavelo, el pueblo prefiere un gobierno malo a ningún gobierno. No son las cualidades del Gobierno Bolsonaro las que le dan a él cierta adhesión popular. Es el vacióo, es el hecho de no haber ninguna otra alternativa realmente creible en este momento. Y la razón de esto es simple: la izquierda brasileña murió, ella llegó a su límite y demostró no ser capaz de superarlo. Esto vale tanto para partidos, sindicatos como para la clase intelectual (en la que me incluyo). Nuestras acciones hasta ahora no se demostraron a la altura de los desafios efetivos. Lo mejor a hacer seria empezar a preguntarse por la razón de tal situación.

Coloquemos una hipótesis de trabajo: la izquierda brasileña sólo conoce un horizonte de actuación, este que actualmente llamaríamos de “populismo de izquierda”. Fue él que se agotó sin que la izquierda nacional se haya demostrado capaz de pasar para otra fase o inclusoo de imaginar qué podria ser “otra fase”. Entiéndese por populismo de izquierda un modelo de construcción de hegemonia basado en la emergencia política del pueblo contra las oligarquias tradicionales que tienen el poder. Este pueblo es, en verdad, producido a través da convergencia de múltiples demandas sociales distintas y normalmente reprimidas. Demandas contra la expoliación de sectores sociales, contra la opresión racial, contra los legados del colonialismo: todas ellas deben convergir en una figura que sea capaz de representar y vocalizar esta emergencia de un nuevo sujeto político.

Sin embargo, el carácter nacionalista del populismo permite también la inclusión de sectores descontentos de la oligarquia, grupos de la burguesia nacional dispuestos a tener un papel “más activo” en las dinámicas de globalización. Así, el “pueblo”, en este caso, nace como una monstruosa entidad medio burguesia, medio proletariado. Una mezcla de JBS Friboi con MST.

Este es el modelo que la izquierda nacional intentó implementar en su primer intento de gobernar a Brasil: la que termina con el golpe militar contra el Gobierno João Goulart. En esa ocasión, uno de los personajes más lúcidos de entonces, Carlos Marighella, hace un diagnóstico preciso: la izquierda había apostado en la conciliación con sectores de la burguesia nacional y con sectores “nacionalistas” de las fuerzas armadas dentro de gobiernos populistas de izquierda. Ella colocó toda su capacidad de movilización en función de una política que parecia imponer cambios seguros y graduales. Al final, todo lo que ella consiguió fue no estar preparada para el golpe, sin ninguna capacidad de reacción efectiva frente a los retrocesos que seguirían.

La lección de Marighella no fue oída. Tanto que la izquierda brasileña hará el mismo error con el final de la dictadura militar y con el advenimiento de la Nova República. La historia será simplemente la misma: el movimiento en dirección a un juego de alianzas entre demandas sociales e intereses de oligarquias locales descontentas teniendo en vista cambios “graduales y seguros” que serán barridos del mapa en la primer reacción bien articulada de la derecha nacional.

En este sentido, nuestra historia sigue los pasos de la historia argentina: otro campo de ensayo del populismo de izquierda. Pero hay un diferencia substancial aqui. Después de la experiencia dictatorial, Argentina supo crear una línea de contención de impulsos golpistas. Hoy, casi mil personas todavía se encuentran en las cárceles argentinas por delitos de la dictadura. En Brasil, nadie fue preso. La respuesta argentina produjo una línea de contención, inexistente entre nosotros, que le permitio al peronismo tener resurrecciones periódicas. Dificilmente, esta será la historia brasileña de aqui en adelante, pués el riesgo de deriva militar es real entre nosotros.

Pero hay otro factor decisivo todavía. El colapso del lulismo no fue sólo seguido por un golpe parlamentario apoyado en prácticas delictivas de sectores del poder judicial. Esto fue seguido por la creación de una especie de antídoto a la reemergencia del cuerpo político populista. Lo que vimos, y ahora esto está cada vez más claro, fue la emergencia de un cuerpo fascista. Pero el cuerpo político fascista es normalmente la versión terrorista e invertida de un cuerpo político anterior, marcado por la emergencia del pueblo y por las promesas de transformación social. De esta forma, se termina por bloquear su resurgimiento. Ya se dijo que todo fascismo nace de una revolución abortada. Nada más justo.

Theodor Adorno un día describió al líder fascista como una mezcla de King Kong y peluquero de suburbio (seguramente pensando en el Chaplin de El gran dictador). Esta articulación entre contrarios es fundamental. La supuesta omnipotencia del líder fascista debe andar junto con su fragilidad. El líder fascista debe ser “alguien como nosotros”, con la misma falta de ceremonia, la misma simplicidad e irritación que nosotros. La identificación es hecha con las debilidades, no con los ideales. El debe ser alguien que come fideos en banquetes presidenciales, que se viste de manera inapropiada como alguien del pueblo. El debe a todo momento decir que está combatiendo a las elites que siempre gobernaron a este país (que ahora serían los artistas, las universidades, los “cosmopolitas” y “globalistas”). El debe mostrar que no es alguien de la elite política, que en verdad tal elite lo detesta. Pués se trata de crear un antídoto para toda forma de intento de recuperar la producción del pueblo como proceso de emergencia de dinámicas de transformación social.

De esta forma, todo passa como si Bolsonaro fuese una versión militarizada de su opuesto, a saber, Lula. No se trata con esto de afirmar que estamos presos en una polaridad. Al contrario, se trata de decir que todo fue hacho para anular a la polaridad real, creando un doble imaginario. Nunca entenderemos nada de las regresiones fascistas se no comprendemos a estas lógicas de los dobles políticos. Si hay algo que nos falta es exactamente polaridad. Tenemos poca polaridad y mucha duplicidad.

El hecho es que tal dinámica se demonstró eficaz. Ella rompió los procesos de incorporaciones populistas que fueron, hasta ahora, el alma de la izquierda brasileña. Por eso, lo que vemos ahora es una izquierda sin capacidad de acción, pués atordida con el hecho de que la derecha brasileña a, al fin, producido a su figura con capacidad de incorporación del pueblo, ahora sin el error de apostar en un egresado de la elite política-económica (Collor) o en alguien sin vínculos orgánicos con el militarismo fascista (Jânio).

En una situación como esta, la izquierda nacional todavía paga el precio de haber sido formada para la coalición y para la negociación. Ese es su ADN, desde la política de alineamiento del PCB a los dictámenes anti-revolucionarios del Soviet Supremo. Por eso, ella no sabe qué hacer cuando necesita cambiar el juego y caminar hacía el extremo. Su inteligencia no actúa en este sentido, sus estructuras no actúan en este sentido, su clase política no actúa en este sentido. Sus movimientos de revuelta se pierden en el aire por no tener ninguna sustentación o coordinación de medio y largo plazo. Fue así que ella murió. Se ella quisiera volver a vivir, toda esta historia tiene que llegar a un fin. Ella deberá tomar conciencia de su fim.